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Cuando el ave pierde su nido

Jun 25
4 min read
Cuando el Ave Pierde su Nido 3

Cada ser humano es un acto de gracia divina. Una concesión del cielo. Un diseño dentro de un tapiz con un fin específico. Un plan preconcebido para cumplir un propósito determinado no solo aquí en la tierra, transciende la eternidad. Salirse de este plan conlleva penurias y ansiedades. Puede llevar a la muerte. A una eterna separación de nuestro Creador.

 

Cuando el ser humano no funciona dentro de este plan delineado por Dios cae en un laberinto. La vida comienza a divagar como el ave que ha perdido su nido. Cuando las sombras de la noche se agolpan, el ave revolotea desesperada si su nido es destruido. Así el ser humano yace desesperado porque sabe que su vida no está completa. Le hace falta algo. Se siente fuera de lugar.

 

El Salmo 42 es una respuesta a esto. ¿Por qué te abates oh alma mía y por qué te turbas dentro de mí?  Este es el clamor de un alma desesperada que ha caído en un laberinto. Se ha salido del camino, del plan trazado por Dios para su vida y ha caído en un desierto. Vive una noche oscura.

 

¿Qué es esta turbación del alma? Es ese inquirir tras ese propósito. Es recuperar lo perdido. Es retomar el camino. Es realizarnos en aquello para lo cual fuimos creados. De alguna manera u otra a cada ser humano le ha sido revelado su fin en la vida. A veces a través de actos de misericordia. Una mano invisible ha estado laboriosa y pacientemente dando luz, guiando, advirtiendo, amonestando. Pero no todas las veces nos percatamos de esto. A veces se pierde el sendero y tomamos el equivocado. A veces no escuchamos. A veces no lo entendemos como dice el proverbista: De Jehová son los pasos del hombre; ¿Cómo, pues, entenderá el hombre su camino? Proverbios 20:24

 

Hay vidas que aparentan estar marcadas para el fracaso. Como si llevaran el sello del infortunio. Caminan el sendero de la vida dando tumbos. No logran entender ni encontrar el propósito divino en sus vidas ¿Es este su destino? La vida de Jacob es un ejemplo. Su vida fue de luchas. Jacob tuvo que luchar por todo. Parecía haber nacido con un sello. Aun en el vientre de su madre venía con ese distintivo. Venía luchando, intentando ser el primero. Intentando agarrar el privilegio de la primogenitura que no le correspondía. Fue como un vaticinio de lo que viviría. Tendría que luchar por todo.

 

No fue el favorito de su padre y, quizás, tal sentido de rechazo lo llevó a apegarse más a su madre quien lo hizo su favorito. Contrario a Esaú, quien se destacaba no solo por ser hermoso, también por ser varonil, atleta y un experto cazador, Jacob era el típico muchacho introvertido, llorón y pasivo. No cumplía con ninguna de las cualidades para ser el progenitor de una civilización. Pero algo de Jacob tocó el corazón de Dios: era espiritual. Con todos sus defectos que resaltaban desde su nacimiento, Jacob anhelaba las cosas eternas. Tenía anhelos del cielo. Esto resalta en las bendiciones que más adelante dio a cada uno de sus hijos.

 

¿Tenemos que someternos entonces a los infortunios de nuestra vida como si fueran marcadores de nuestra existencia? No. Podemos superarnos. Podemos tomar las alas de la fe y remontarnos a las alturas. Donde está nuestro destino. Asirnos de aquello para lo cual hemos sido asidos.

 

Podemos acercarnos al taller del carpintero para que nos arregle. Que construya nuestro carácter y moldee nuestras pasiones. Dios dotó de capacidades a cada ser humano. Capacidades de superación y lucha. Capacidades para crecer y no permanecer estancado. La tarea más difícil para cada ser humano es aceptar lo que realmente es. Satán se ha encargado de crearnos una imagen distorsionada de nosotros mismos. Hemos aceptado y creído cada mentira que sutilmente ha susurrado a nuestros oídos o atropelladamente nos han lanzado otros.

 

Traté una vez con una joven en esta situación. Atractiva, inteligente y con una personalidad encantadora. Sin embargo, su vida fue de fracaso en fracaso. Fracaso en los trabajos, fracaso en los estudios. Fracaso en el matrimonio y por último fracasó como madre. Era un cuadro patético.

 

La joven había crecido en un hogar disfuncional. Fue rechazada desde que nació y por ende un espíritu de rechazo gobernaba su vida. Su fe no era suficientemente fuerte para poder verse en el plan de Dios. Un plan de luchas, victorias, éxitos, conquistas y bendiciones. Tenía problemas de aceptación y autoestima y no podía mirarse como Dios la miraba: un vaso de honra y honor. Esto la llevó a la promiscuidad sexual. Era una manera de sentirse aceptada. Sus padres eran pudientes e intentaron ayudarla con las herramientas del mundo. Pero el problema de la joven tenía unas profundas raíces espirituales que sólo el poder del Espíritu Santo podía arreglar. La batalla consistió en llevar a aquella joven a valorarse a sí misma y poder verse como Dios la veía, un vaso de honra. Esto tomó años. Años de caídas y levantadas. Años en el horno del alfarero hasta que las fortalezas fueron derribadas.

 

Toda aseveración hecha en la palabra de Dios tiene una sugerencia inmutable. Es la realidad de la vida humana. Generalmente analizamos las cosas a través de un lente opaco de presuposiciones. Y nuestra supuesta realidad es solo una percepción de nuestros sentidos, generalmente alterados debido a todo lo que ha entrado a nuestra mente y una formación muchas veces equivocada. Fuera de perspectiva.

 

Es a esto que la Biblia nos llama a renunciar. A nuestras propias percepciones. A nuestro yo. Nos llama a no conformarnos a este siglo, sino a una transformación de cuerpo, alma y espíritu por medio de la renovación de nuestro entendimiento. Es la única manera de comprobar cuál es la buena voluntad de Dios para nuestras vidas. (Rom. 12:2) Es la manera de alinearnos a ese plan perfecto preparado para nosotros desde antes de la fundación del mundo. Amén

 

Ana Ríos

25 de junio de 2026

 
 
 

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