Dos tipos de cristianos: ¿A qué grupo pertenecemos?

Antes de incursionar en el suceso vamos a ubicarnos en el evento. Sólo toma algún minuto leer esta hermosa historia:
Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa. 37 Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; 38 y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume. 39 Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora. 40 Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro. 41 Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; 42 y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más? 43 Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado. 44 Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas esta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. 45 No me diste beso; mas esta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. 46 No ungiste mi cabeza con aceite; mas esta ha ungido con perfume mis pies. 47 Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama. 48 Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados. 49 Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es este, que también perdona pecados? 50 Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, ve en paz. Lucas 7:36-50
Esta historia simple, cargada de sentimiento y candor, pone en relieve lo que en su esencia es la vida cristiana. No un legado de mitos y leyendas humanas. No un mausoleo de templos llenos de incienso y oraciones vacías. La vida cristiana son sentimientos. Es pasión salida del alma y tejida en un relieve de hechos y acciones salidos de un corazón agradecido y lleno de amor.
Podemos ver aquí dos tipos de cristianos. Simón: el religioso frío y calculador quien invitó a Jesús a la intimidad de su morada con solo un pretexto. Una simple curiosidad religiosa. En este tiempo Jesús estaba en moda. Su figura y más que figura, su intelecto era apelativo. Intrigante. Todo el mundo quería escuchar a este Hombre que nunca había ido a alguna de las escuelas famosas de ese tiempo. Sin embargo, hablaba palabras nunca oídas. Hablaba con convicción. Con una profundidad que calaba en los estratos más profundos del alma hasta hacerla estremecer.
No fue el amor que movió a Simón para que Jesús entrara en su casa. El amor eleva. El amor respeta. El amor da lo mejor de sí. Simón sólo hizo un cumplido. Y ni aun eso. El trato dado a Jesús fue una expresión de lo que había en su corazón. Lo verdadero que hay en nuestra alma siempre aflora de una manera o de otra. Si el acto de Simón fuera una vibración del corazón hacia la persona de Jesús, lo hubiera tratado como se trataban los hombres honorables en ese tiempo. Hubiera recibido a Jesús con un beso como aquel que desea condescendencia e intimidad. Hubiera tenido un cántaro de agua cristalina y hubiera lavado sus pies y los hubiera secado con lino fino. Hubiera tenido un frasco de incienso, algo de valor en ese tiempo, y hubiera ungido los cabellos y el cuerpo de Jesús. Esto era algo acostumbrado cuando gente honorable entraba en la morada de un hombre rico pues los calores de verano y el sol hacían que los cuerpos sudaran. De esta manera el visitante no se sentía incómodo.
¿Cuál era el problema de Simón? Las percepciones eran un obstáculo en la vida de este hombre. Percepciones de lo que él creía era el servicio a Dios. Generalmente erradas. Experiencias transmitidas, leídas en los libros. Había un abismo entre Simón y Jesús. Abismo que Jesús quiso salvar al acceder entrar a la casa de este hombre. ¡Cada ser humano tiene su oportunidad en la vida!
Quizás para Simón Jesús era muy simple. Admiraba su intelecto, pero no sus ideales. Y lo más que enfadaba y escandalizaba era que Jesús siempre estaba rodeado de gente de baja calaña. Los peores eran las rameras y los publicanos. Gente que Simón evitaba a toda instancia. Gente que Simón despreciaba. No los veía como almas necesitadas. Almas que habían rodado por la vida de desprecio en desprecio y de rechazo en rechazo. Almas que nunca habían tenido una oportunidad.
Para Simón eran parias. Para Jesús eran prospectos santos. Almas preciosas que sólo necesitaban un acto de amor para salir de la oscuridad del odio y del desprecio.
Allí en aquella mansión de aquel hombre rico que tenía todo lo de esta vida había dos mundos encontrados. Uno era frío y calculador. Lleno de rezos, limosnas en inciensos que olían a muerte. El otro era vibrante, tierno, cálido y acogedor. Uno se formó dentro de la rigidez de tradiciones ritualistas. En el otro había propósitos. Había espontaneidad. Había sueños e ideales que serían alcanzados a través de la entrega y el sacrificio personal. ¡Había vida!
Es por esto que aquella mujer se arriesgó entrar en aquella casa. Si Jesús no hubiese estado allí, hubiera sido sacada a palos y pedradas. Pero el amor puede más que los obstáculos. El amor corre detrás de la persona amada sin calcular los riesgos. Sin importar el costo. Y aquella mujer corrió porque vio la oportunidad de una demostración de amor. Porque sabía que Jesús no era como los otros hombres. Su mirada lo decía todo, había aceptación. Había redención para su alma cansada de correr por la vida.
Allí, Simón recibió la lección de su vida. Que tenemos que mirar más allá de lo que está frente a nuestros ojos. Una pecadora, paria de la sociedad, dio el ejemplo más grande a un religioso pulido en las Escrituras. Pulido en la religión. Años de estudio y religiosidad que no pudieron romper el duro cascarón del alma de este Fariseo. Sólo un acto de amor. Sólo un ejemplo de amor. Era un amor que Simón no conocía. Nunca lo había experimentado. Porque cuando una religión se vacía de Dios nunca enseña amor. No enseña misericordia. Simón nunca había visto este amor y mucho menos experimentado.
Esto es todo lo que puede hacer el que es perdonado. El que es perdonado ama mucho.
¿Pero cómo voy a vivir la experiencia del perdón si me justifico a mí misma? ¿Si pienso que soy la mejor cristiana y los demás están mal? A veces estamos como el Fariseo que fue al templo. Se daba en el pecho y decía:
Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Lucas 18:10-12
Si es así, entonces no amamos mucho. Vivimos una vida equivocada. Estamos como Simón el fariseo. No hay sacrificio de entrega. No entendemos el perdón.
No es que hay que ser pecador para amar mucho. Es que hay que ser humilde y reconocer nuestra miseria para entender lo que es ser perdonado. Que sin Jesús jamás hubiésemos llegado adonde estamos.
La mujer pecadora, porque amó y demostró su amor fue perdonada. Aparentemente Simón siguió su vida religiosa en su burbuja de cristal. Tristemente estos son los dos tipos de cristianos que vemos hoy en la casa de Dios.
Y viene a mi memoria un sueño bien extraño que tuve hace muchos años atrás. Mi esposo pastoreaba una iglesia en una comunidad donde había muchos traumas. Eran gentes afectadas con problemas de familia, drogas, vicios, etc.
En el sueño llego a un museo. Todo eran en cristal. Las paredes, el techo, sillas mesas… todo era en cristal. El cristal más hermoso que jamás haya visto. Allí en el medio de aquel hermoso museo lleno de innumerables cantidades de figuras inimaginables, estaba Jesús. Todo era su obra de arte. Y como un artista que se pasea en medio de sus obras creadas, Jesús tomaba figuras de un cristal finísimo. Con amor las observaba y las volvía a poner en su lugar. Escuché relatos, pero no los recuerdo todos. Tomó la figura de un niño en sus manos y dijo:
“Este fue abortado en la tierra. Nadie lo quiso. Es mío.”
Observo entones que tomó una figura hermosa, toda en cristal. Era la figura de una jovencita. Tenía una túnica con un cordón amarrado a la cintura y un cabello largo, suelto que iba más allá de su cintura. Sólo recuerdo algunas cosas de las que dijo. Con aquella hermosa figura en sus manos y emoción en su rostro comentó:
“Ella lavó mis pies con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Por largos años estuvo guardando su dote para el día de su casamiento, pero nunca llegó. Era un frasco de alabastro con perfume. Sólo llegó el infortunio para su vida y fue despojada y despreciada. Ahora es mi tesoro.”
Cuando despierto del sueño recibí la impresión en mi espíritu que estaba relacionado al evento de Simón el fariseo y la mujer pecadora.
Entendí entonces que no es asunto de religión. No es asunto de tradición. El caminar del cristiano es un asunto del corazón. Es amor. Es entrega. Es agradecimiento. Es hasta dónde podemos llegar por los perdidos. Qué podemos hacer por un alma.
Ana Ríos
4 de febrero de 2026





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