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La crucifixión de nuestra carne

Oct 12
3 min read
La crucifixión de nuestra carne

Todo ser humano, de una manera o de otra, ha experimentado el sufrimiento. El dolor de la ausencia. El dolor de la pérdida. El sufrimiento del escarnio, etc. Pero sólo un cristiano que ha optado por rendir completamente su vida a Cristo ha experimental el dolor de la crucifixión de su carne.


¿Qué es la crucifixión de nuestra carne? No existe contexto científico, ni en la psicología ni la medicina, que pueda explicar este profundo e incomprensible misterio. Sólo en el contexto bíblico y experiencial podemos tener una definición concreta de lo que es vivir crucificado. Tenemos entonces que ir a la Biblia.


La Biblia dice: Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. 17 Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis… 24 Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Gálatas 5:16-17, 24


De la misma manera que Dios se manifiesta como un ser tripartito, o sea en tres personas, el ser humano tiene tres naturalezas: física, emocional y espiritual. Las tres son complicadas e imposibles de explicar en alguna perspectiva científica. Se requiere una comprensión de las Sagradas Escrituras y una revelación del Espíritu Santo para poder entender el misterio.


De las tres, la que más problemas nos causa es nuestra naturaleza emocional. Fue por los sentidos que Eva entró en desobediencia y es por nuestros sentidos que somos tentados y doblegados al pecado. Estos están corrompidos y no se sujetan a la ley de Dios. No se someten a la obediencia. He aquí entonces el desafío diario de cada hijo de Dios: someter la carne.


Someter la carne es el proceso más difícil del alma que ha nacido de nuevo. Es como cuando un niño comienza a caminar. Aprende a tropezones y caídas.


Los hombres y mujeres de la antigüedad vivieron este dilema. El problema de su carne. No nos asombramos entonces por qué muchos optaron por el celibato. Otros se encerraron en monasterios. Algunos dormían en camas de clavos.


Sadhu Sundar Singh, hijo de una familia adinerada de la India, se decidió por Jesús a los 25 años.  Anduvo sin zapatos el resto de sus días. No tuvo vivienda permanente. Nunca se casó. Dormía donde le caía la noche. Comía lo que conseguía en su camino. Quería someter su carne a través de largos días de ayuno. Vivió la vida cristiana predicando. No quería ser más que su Maestro. Para él fue una manera de someter su carne. Y no todo el mundo está dispuesto a vivir estos rigores.


La crucifixión de nuestra carne se compara a la crucifixión de Jesús en la cruz. Cuando analizamos este proceso con un lente físico, nuestros sentidos de ninguna manera pueden asimilarlo. Y todo nuestro ser protesta usando argumentos lógicos. Inmediatamente respondemos a la formación recibida. Una formación concebida en el mundo. Largos años de palabras recibidas. Largos años de educación secular.


Entonces cuando aceptamos a Jesús nos damos cuenta la necesidad de nuestra transformación.

Nuestro nuevo nacimiento comienza desde el momento que entramos en un pacto levantando nuestra mano e inclinando nuestro corazón. Cuando confesamos nuestros pecados y aceptamos a Jesús como el Señor de nuestras vidas.  Aquí es que comienza entonces la lucha entre la carne y el espíritu.


La carne intenta encarcelar al espíritu. “No ores. No ayunes. No necesitas congregarte. No debes volverte un santurrón.” Estos y muchos más son los argumentos de la carne. Y llegamos entonces a exclamar como el apóstol Pablo:  ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?  Romanos 7:24


En este proceso comienza entonces la crucifixión de nuestra carne. Cuando comenzamos a negarnos a sus apetitos. Cuando renunciamos a sus deseos. Cuando obligamos a nuestro espíritu deleitarse en las cosas de Dios y no en las de la vida.


Para muchos el proceso es ligero. Para otros es agónico y largo. ¿Cuál debe ser la meta? Poder exclamar desde lo más profundo de nuestro corazón como lo hizo el apóstol Pablo:


Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. Gálatas 2:20


Ana Ríos

10 de octu bre de 2026


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