Los grandes propósitos de Dios se forjan en el quebranto

Hay un cántico en las Sagradas Escrituras que exalta la grandeza y misericordia de Dios porque fue inspirado en un momento de victoria. Y cuando nuestras expresiones surgen de estos momentos de victoria son como proyectiles contra las fortalezas del enemigo.
Este cántico aparece en 1 Samuel 2:8-9:
El levanta del polvo al pobre, y del muladar exalta al menesteroso para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor porque de Jehová son las columnas de la tierra, y él afirmó sobre ellas el mundo. El guarda los pies de sus santos, mas los impíos perecen en tinieblas porque nadie será fuerte por su propia fuerza.
Aquí se celebra la visitación de Dios a una mujer que vivió la experiencia más crítica de su vida: la esterilidad. Ana no podía tener hijos. Y en ese tiempo esto equivalía casi a la castración social y familiar. Pero Dios transforma para bien la adversidad. De los momentos más oscuros del alma nacen grandes propósitos. Porque el sufrimiento de cada hijo de Dios es la preparación para algo mejor.
Este cántico celebra no solo la victoria de Ana, también la historia del reino de Dios en su transcurso donde entra a un nuevo periodo en su desarrollo. Este nuevo periodo fue el comienzo de una nueva edad, es a saber la era de los profetas. Más adelante Samuel fundó la escuela de los profetas y fue uno de los caudillos más sobresalientes que tuvo Israel. Tuvo el honor y privilegio de participar en los fundamentos e investidura de lo que sería una dinastía eterna. La dinastía davídica.
Una mujer en angustia y desesperación y un sacerdocio corrompido llevan a Dios a intervenir en el primer caso con compasión y misericordia. Y en el segundo caso con juicio severo.
Y este poema lo que muestra es que de en medio del quebranto, de las cenizas de anhelos apagados, de corazones secos y sin esperanza son llevados a cabo los más grandiosos propósitos y planes de Dios.
El sacerdocio había fallado. Falló en su misión al ser corrompido con actitudes que denigraban su misión y su importancia. Pero ¡gloria a Dios! que aun a pesar de los fallos humanos su plan no se detiene. Su misericordia es inmensurable. Siempre que el culto a Dios ha sido corrompido y denigrado por las actitudes y acciones de hombres y mujeres que dicen ser adoradores de Dios, la gloria del Señor abandona el templo. El Espíritu Santo se contrista y los hombres entonces comienzan a sumirse en la miseria. Miseria física, material y espiritual. Eso había sucedido en el tiempo de Eli el sumo sacerdote.
Un elemento esencial de esperanza para un avivamiento radica en nuestra actitud hacia el servicio a Dios. Y Dios, quien habría de proseguir con su plan acepta la entrega voluntaria de una mujer quebrantada quien pidió a Dios que si le concedía la dicha de tener un hijo varón, lo entregaría y dedicaría al Señor toda su vida y no pasaría navaja por su cabeza.
El nazareato era un voto o promesa donde la persona se separaba y consagraba a Dios. A veces era por algún tiempo señalado o por toda una vida, como en el caso de Sansón. En este caso fue Ana quien hizo el voto por el niño que pedía. Y no presentó su petición para su gratificación personal, ni aun para satisfacer su amor de madre. Aquel niño sería para Dios. Viviría en el templo y Dios dispondría de él como quisiera. Aquel niño llamado Samuel abriría un nuevo orden de comunicación con Dios. Samuel se distinguió por su vida de oración. Hasta el día de su muerte vivió en el secreto de Jehová.
El nazareato simbolizaba el llamado espiritual de Israel a una rendición voluntaria a Dios. O sea, una cosa era lo que Dios pedía e imponía, otra es cuando de una manera voluntaria se aceptaban los rigores del nazareato.
Y hay un llamado a un nazareato espiritual donde está envuelta nuestra disposición y voluntad.
Cuando voluntariamente tomamos la determinación en nuestra vida de separarnos para Dios, en obediencia y aceptando el pedido del Espíritu Santo, vamos a ver cambios. Llegará el avivamiento. Llegará la bendición para nuestra vida y también la de nuestra familia. Hizo falta una entrega voluntaria. Hizo falta un voto. Hicieron falta las lágrimas en el altar para que diera comienzo un nuevo orden de trato de Dios con el hombre.
Este orden fue completamente diferente al anterior. Hombres separados para Dios se convertirían en voceros de Dios y comunicarían su voluntad al pueblo.
Este nuevo orden es introducido con un grito de victoria, un cántico que celebra la victoria de Dios sobre el enemigo. Es aquí que Dios es mencionado por primera vez como Jehová de los Ejércitos. Porque esta sería la premisa de este nuevo orden: habría guerra. Guerra contra el mal. Satán comenzaría a ser despojado de sus dominios. Aquella tierra le pertenecía a Dios. Aquel pueblo era la heredad de Dios.
Sí… porque lamentablemente el enemigo está en todos los detalles. Pero Dios es el que tiene el timón en mano.
¡Cuán incomprensible para la mente humana son los caminos del omnipotente! Es en las cenizas de la soledad y el abandono que son gestadas sus grandes hazañas.
Fue en un altar mojado de lágrimas que Dios elabora un plan que frustraría las intenciones del enemigo. Satán quizás pensó que con el juicio de Eli por su irresponsabilidad terminaría el sacerdocio del orden bíblico. Pero la entrega de una mujer atribulada abrió un nuevo orden. Un nuevo capítulo en el trato de Dios con su pueblo.
El sufrimiento tiene un misterio. Es un misterio poco entendido o apenas entendido por el ser humano. Son pocos los que a través del misterio del sufrimiento pueden hallar el sendero de la liberación y la comunicación con Dios. Generalmente el sufrimiento en el ser humano provoca amargura. Y a veces resentimiento. Nunca es estéril. Muchos levantan su puño contra Dios. Pero otros fructifican. Otros como José producen perlas. Otros engendran grandes hazañas y nobles empresas.
Alguien dijo que todo depende de la calidad del alma. Y solo hay dos opciones en el valle de la sombra de la muerte: o nos elevamos o nos hundimos. O sacamos lo mejor de nosotros en medio del dolor o dejamos que la fetidez de la amargura sature nuestros sentimientos y corrompa nuestra alma.
Dios permite el sufrimiento en el ser humano. A través del profeta Isaías Dios dice: Haré más precioso que el oro fino al varón, y más que el oro de Ofir al hombre. Isaías 13:12 .
¿Y cómo se saca el oro? A través de procesos rigurosos de pulido y calor. Dios quiere sacar lo mejor de nosotros. Propósitos escondidos. Propósitos santos. Caracteres nobles y osados. Quiere que exudemos perfume. Quiere sacar poesía de nuestra alma.
Ana elevó su alma hacia las alturas pues descubrió el secreto del salmista cuando dijo: ¿De dónde me vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová que hizo los cielos y la tierra. Y decidió por esperar en Dios. No sólo esperar, se metió en un pacto. Prometió a Dios la entrega. Un pedazo de su corazón. El anhelo de su alma. Aquel niño tan deseado. Quizás, pensó, que aquel niño sería el único. Quizás satán se lo susurró al oído. Pero aun así Ana lo arrancó de su alma y lo llevó al altar de la entrega.
Cuando el niño tenía alrededor de dos años, le puso su túnica sacerdotal y allí como una ofrenda cumple una promesa. Dios no se lo pidió, ella quiso entregarlo.
Quizás pensemos que nuestro sufrimiento es demasiado grande para buscarle una solución. El de Ana no tenía solución. Pero decidió entregar su anhelo. Decidió derramar su sufrimiento en el altar del sacrificio.
Entonces pudo escribir este cántico. El sufrimiento produjo una promesa. Y la promesa llevó a un pacto. Dios es Dios de pactos y siempre ha hecho pactos con los humanos, aunque estos no los cumplan. Pero Él es fiel. El corazón quebrantado de una mujer que solo había vivido la burla y el desprecio se volcó en aquel altar solitario. Son pocos los que descargan sus penas en el altar y lo mojan con lágrimas. Y para colmo fue tildada como una borracha por la más alta autoridad en ese tiempo. Los problemas siempre se multiplican para los afligidos porque son pocos los que entienden la amargura del alma.
Pero Dios oyó a Ana y su rostro se inclinó hacia ella contestando el ruego de su corazón. Se fue la tristeza. Se fue el dolor. Y aunque aún no había visto la promesa, la fe pudo sobre la amargura y su petición fue contestada.
¡Aleluya!
Ana Ríos
15 de febrero 2026





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