Los peligros del orgullo

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El famoso predicador D.L. Moody dijo en cierta ocasión: Nunca he conocido un hombre que me haya causado más problemas que yo mismo. Y el apóstol Pablo, inspirado por el Espíritu Santo exclamó en Romanos 7:24: ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?
La Biblia habla de un rey llamado Uzías. Fue un rey famoso, muy popular, quien comenzó su reinado buscando a Dios. Su nombre de realeza era Uzías, pero su nombre de nacimiento era Azarías. No lo confundamos con el sacerdote que tenía el mismo nombre. El significado de Uzías en hebrero es “Jehová es mi fortaleza”, mientras que el nombre Azarías quiere decir “Jehová ha ayudado”. Estos nombres encajan y testimonian de los comienzos de la vida de este hombre y sobre su reinado. Realmente Jehová lo había ayudado y él había prosperado porque Jehová era su fortaleza.
Pero 2 Crónicas 26:15 culmina llamándonos la atención sobre un cambio en el carácter de este rey: E hizo en Jerusalén máquinas inventadas por ingenieros, para que estuviesen en las torres y en los baluartes, para arrojar saetas y grandes piedras. Y su fama se extendió lejos, porque fue ayudado maravillosamente, hasta hacerse poderoso.
Es mayormente el problema de la prosperidad. El problema de cuando todo nos va bien. Y no es que prosperar sea malo. Es que tiene sus peligros. El grave peligro de olvidar a Dios. De que es Dios quien da las fuerzas y la sabiduría para subir eslabones en este mundo.
Somos advertidos por Dios en Deuteronomio 8:18: Sino acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día.
Y en Proverbios 21:31 nos dice: El caballo se alista para el día de la batalla; mas Jehová es el que da la victoria.
Había razones para que Uzías se sintiera satisfecho. Este hombre había sido creativo. Era inteligente. Quizás más inteligente que los hombres de su época. Había inventado armas no conocidas en ese tiempo. Había vencido ejércitos mucho más poderosos que el suyo. Había entonces más que razones para sentir orgullo por sus logros. Pero estas razones tenían un fundamento: Dios estaba con el rey. Dios le había dado sus capacidades y Uzías tenía que reconocerlo día a día en su vida, como dice Proverbios 3:5-10
Fíate de Jehová de todo tu corazón, Y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas. No seas sabio en tu propia opinión; teme a Jehová, apártate del mal; porque será medicina a tu cuerpo, y refrigerio para tus huesos. Honra a Jehová con tus bienes, y con las primicias de todos tus frutos; y serán llenos tus graneros con abundancia, y tus lagares rebosarán de mosto.
Todo lo que Uzías tenía, todo lo que había logrado, todo lo que había diseñado, todo lo que había conquistado, todo lo que era él, era porque la poderosa mano de Dios estaba sobre él. La gracia de Dios lo cubría y la unción del Espíritu Santo lo guiaba. Pero tal y como la serpiente en el Huerto buscaba un momento oportuno para engañar a Eva, el orgullo comenzó como una pequeña polilla a carcomer la vida espiritual de este hombre. Y cuando esto sucede se corta la comunicación con Dios y entonces no escuchamos a Dios. No seguimos las directrices de Su Espíritu Santo quien es el que nos guía y nos libra de las tentaciones del enemigo.
Leamos lo que dice la Escritura: Mas cuando ya era fuerte, su corazón se enalteció para su ruina; porque se rebeló contra Jehová su Dios, entrando en el templo de Jehová para quemar incienso en el altar del incienso. 2 Cronicas 26:16
¡Su corazón se enalteció para su ruina! Esto es casi una sentencia. Este fue el pecado de Lucifer. Y cuando corremos ese mismo sendero. Cuando laboramos y accionamos en los principios de Lucifer viene la ruina.
¿Cuál era el problema en esta acción? El altar del incienso estaba en el lugar santísimo y solamente al sacerdote le era permitido quemar incienso. Esas eran las directrices divinas. Esa era la palabra de Dios. Como Uzías era rey, no le era permitido ejercer ninguna de las funciones sacerdotales.
La Escritura es clara: El oficio de Rey-Sacerdote sólo está reservado para una Persona – Jesús el Mesías.
Ese es el problema cuando queremos hacer las cosas como mejor nos parece. Cuando echamos a un lado los preceptos divinos esculpidos en la Sagrada Palabra y comenzamos a hacer las cosas a nuestra conveniencia. Podemos ir contra principios eternos e inviolables. Esto pasa cuando desconocemos la Palabra de Dios. Cuando se desconoce la Palabra de Dios se cometen errores. Comenzamos a transgredirla. El salmista David con preocupación y vehemencia le dijo a Dios: ¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos. Salmos 19:12
Son muchas las lecciones que el Espíritu Santo nos da en las Escrituras para que no nos desviemos del propósito de Dios en nuestras vidas. Si aprendemos de ellas no tendremos tropiezos en el camino.
Uzías procuró ejercer un rol que no le había sido dado por Dios. Un rol que no le correspondía. Esta es una de las maneras en que el orgullo se manifiesta en nuestras vidas. El orgullo nos puede llevar a buscar una posición, ya sea de autoridad, ministerio o influencia que Dios no tiene para nosotros. Cuando las personas se ven a sí mismas como su propia autoridad respecto a leyes ya establecidas por el Creador las consecuencias son nefastas.
Es lo que observamos en esta hora. El espíritu del anticristo que quiere establecer su propia moralidad y sus propias leyes.
Antes de juzgar en algún caso y de tomar alguna iniciativa tenemos primero que preguntarnos: ¿Qué dice la Escritura? Uzías tenía que saber lo que decía la Escritura pues Dios había establecido que el rey tenía que tener una copia de la ley. Si Uzías se consideraba a sí mismo sacerdote terminaba declarando sus propios estándares de moral y justicia. Esto terminaría entonces en despotismo. Este fue el caso de Saúl y le costó el reino. Se convirtió en un déspota y caprichoso, y terminó matando los sacerdotes de Dios y persiguiendo a aquel sobre quien estaba la unción de Jehová porque terminó declarando sus propios estándares de moral y justicia. Y esto le causó la ruina.
El peligro es que mientras más el corazón de un hombre se aleja de Dios también su sentido de moralidad se va deslizando de los estándares de conducta que Dios desea para la humanidad. Cuando una persona es su propio sacerdote puede entonces declarar sus propios estándares de qué es correcto y qué no es correcto. Las consecuencias las concluyó Isaías en el capítulo 5:20. A lo bueno se llama malo y lo malo es llamado bueno, a la tiniebla se le llama luz y a luz tinieblas. Lo dulce es amargo y lo amargo es dulce. Se pierde el compás de la vida y las personas terminan haciendo cosas que jamás imaginaron pudieran hacer. Es lo que hemos estado observando durante los últimos años en nuestra sociedad. Es lo que ha traído trastorno a la obra del Señor.
Cuando los hombres de Dios toman decisiones basadas en criterios propios y personales, por más justificados que aparenten ser la obra de Dios sufre. Lo que viene es ruina espiritual y los rebaños se dispersan.
Los seres humanos no pueden funcionar bien si no están bajo una autoridad superior. Dios puso una brújula. Estándares de moralidad y ética para que las sociedades puedan funcionar adecuadamente. Si se pierde esta brújula estamos perdidos.
¿Qué sucede entonces cuando estos estándares son echados a un lado? Los hombres comienzan a amar las tinieblas más que la luz. Y como la palabra de Dios es luz que revela la depravación que hay en el corazón, entonces el hombre echa a un lado la Palabra de Dios. Entonces los que viven en luz y en la moralidad del cielo comienzan a ser vistos como raros y no a tono con lo que prevalece.
Generalmente el orgullo determina las acciones de las personas que viven bajo sus dominios. Comienzan a hacerse estatuas como Nabucodonosor. Comienzan a esculpir sus nombres y se hacen galerías de imágenes y retratos. Nimrod se construyó una torre. Los faraones se hacían sus pirámides con sus efigies. Los césares se hacían sus monedas con sus imágenes esculpidas. ¡Este es el orgullo del hombre! Y cuando el Espíritu de Cristo está en nosotros se nos hace difícil coexistir con los soberbios. Hay un choque de naturalezas. Por esto la sociedad de su tiempo chocó con Cristo pues Él era la encarnación de la humildad. Lo otro la encarnación del orgullo y la soberbia. ¡El pecado de Lucifer!
Por eso el Espíritu Santo a través de Isaías nos dice en Isaías 57:15:
Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados.
Y Santiago 4:6 Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.
La Biblia describe al anticristo como “altivo de rostro”. Esa es la naturaleza de la serpiente, el adversario de Dios.
Pero Jesús nos dice: Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Mateo 11:29
Ana Ríos
22 de febrero 2026





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