¿Por qué debemos orar?

Tuve la siguiente experiencia el 28 de enero del 2000 a las 8:15pm. Vi al Señor sentado en un grande trono blanco. Una larga fila de gente estaba reunida frente a Él. Yo estaba desconcertada por el hecho de que toda esta gente no tenía rostro. Donde debiera estar el rostro se veía todo en blanco.
Cada vez que una persona venía ante el Señor, Él abría un libro y leía todas las cosas que las personas habían hecho. Todo era grabado. El Señor leía el libro completo desde el principio hasta el fin. Cada persona en esta fila particular estaba siendo juzgada. Eran condenados al infierno. Cada vez que el Señor le decía a una persona que había sido condenada, la persona comenzaba a gritar y a llorar suplicándole al Señor por otra oportunidad. Lágrimas bajaban por las mejillas del Señor. Movía su cabeza y le decía a cada persona que había tenido muchas oportunidades para arrepentirse y vivir para Él.
Finalmente, el Señor me miró y me preguntó: “¿Por qué no estás haciendo algo?
Yo estaba confundida. “¿Qué tú quieres que haga, Señor?”, repliqué.
“Ora”, replicó el Señor. Así que comencé a orar, pero no fervientemente.
Después de un tiempo corto el Señor se volvió a mí con preocupación y dijo: “Mira esta gente. Realmente, mira a esta gente.
Mientras lo hacía sus rostros volvieron a estar en foco. Era gente que yo conocía vagamente. Eran rostros familiares. Comencé a orar un poco más ferviente por ellos. Después de un tiempo el Señor se volvió a mí nuevamente y con firmeza me dijo: “Mira esta gente una vez más”.
Ahora eran amigos los que veía. “Debes orar más fuerte,” me amonestó. Comencé a orar un poco más fuerte. Pero aún la larga fila de gente venía frente al Señor. Él les leía la historia de sus vidas de sus propios libros personales y entonces eran condenados.
Una vez más el Señor se volvió a mí, pero esta vez con ira. Todavía lloraba sobre las almas que estaban siendo condenadas.
“¿Realmente entiendes y comprendes lo que está sucediendo?”, me preguntó el Señor.
“¡Mirad!”
Entonces una fosa se abrió detrás de la larga fila de gente. Miré hacia la fosa. Había una oscuridad espantosa que provenía de allí. Escuché gritos, lamentos y gemidos que provenían de la fosa.
“¿Realmente entiendes y comprendes lo que está sucediendo aquí?”, dijo el Señor.
“Vé y mira”, me ordenó el Señor. Yo no quería hacerlo. Estaba asustada, pero una mano invisible estaba en mi espalda forzándome hacia el borde de la negra fosa. Cuando llegué al borde de esta fosa negra di una mirada hacia abajo. Entonces me eché hacia atrás sobrecogida de terror y horror. Podía ver hacia abajo de la negra fosa. Parecía como un largo túnel que descendía. Pude ver un hervidero de masa de gente que se revolvía en el fondo de la fosa. Estaban tan apiñados que parecía no haber espacio entre ellos. Había llamas y un destello anaranjado que provenía del fondo de esta enorme fosa negra. Olía a azufre. Vi fuego y flamas. Sentí el intenso calor del fuego. Vi gusanos que se movían sobre los cuerpos de la gente en el fondo de la fosa negra.
La personas ardían en el fuego, pero no se consumía. Gritaban por la agonía del fuego y el dolor. Miraban hacia la abertura de la fosa negra. Sus manos y brazos se levantaban hacia arriba. Se movían como enormes olas sin descanso. Y gritaban. Gritaban por misericordia, por liberación. Pero no había misericordia. No había liberación.
Me retiré de la orilla de la fosa en terror, horror y desesperación. Volvía hacia el Señor que estaba sentado en Su trono. Seguía leyendo los libros. Entonces vi una infinita pila de libros al lado de Su trono. Yo sabía que cada una de aquellas personas que habían escrito aquellos libros iban a ser condenadas. Miré hacia la larga e infinita fila de gentes reunidas frente al Señor que esperaban ser juzgados. Ahora podía ver cada rostro claramente. Eran mis amigos, mi familia, mis parientes. Y estaban siendo condenados. Vi cuando los lanzaron a aquella fosa negra. Los escuchaba cuando gritaban mientras caían por aquel largo túnel.
El Señor se volvió a mí, con lágrimas que bajaban por sus mejillas, y dijo: “¡Ahora ora!”.
Comencé a llorar y a gritar a Dios que tuviera misericordia de esta gente. Mientras cada persona era condenada, yo corría hacia la orilla de la fosa negra y trataba de agarrarlos intentando sacarlos de aquella negra fosa. Agarraba sus manos y brazos y trataba de sostenerlos. Pero se resbalaban de mis manos. Desesperadamente yo trataba de mantener esta gente que amaba para que no descendieran por esa negra fosa.
Entonces me agarré del Señor con una mano y con la otra trataba de agarrar gente que descendía por la fosa negra.
“!Vamos!”, me decía el Señor, si te agarro, yo mismo entraré al agujero.” Yo protesté. “!Vamos!, dijo el Señor otra vez.
Era como si una mano invisible me sostuviera. Llegué al borde de la fosa negra, me introduje tratando de agarrar y sostener gente que caía por esta fosa negra.
Sentía como si me estuviera quemando con el fuego y las llamas. En algunos momentos sentía como unas garras que provenían de la fosa y me golpeaban. Sentía las quemaduras en mis brazos y vi rasgaduras en mis manos.
Yo estaba llorando y clamando al Señor que librara a mis amados de esto. Suplicaba al Señor que tuviera misericordia de mis seres amados y que no fueran condenados en esta fosa negra.
El Señor me dijo: “Es fácil orar por los perdidos cuando son tus seres amados. Recuerda algo: todos los perdidos son mis amados. Quiero que mis hijos comiencen a orar por aquellos, mis niños perdidos, tal y como estás orando por estos ahora. Levantaré una generación de intercesores que se pongan en la brecha por mis hijos perdidos. Estos intercesores sentirán el calor de la batalla y serán quemados por ella. Las fuerzas del infierno se levantarán contra ellos y serán atacados. Pero yo estaré con ellos y los sostendré. ¿Podrías orar ahora?”
Hollie L. Moody





Comments