Un Desierto En Su Presencia – Parte 1
Updated: Aug 27

Durante los días siguientes estaremos publicando un testimonio en series. Dado el contenido del relato lo estaremos dividiendo en cinco partes.
Las lágrimas de un hijo de Dios nunca se pierden en el vacío del olvido. Dios las colecciona como joyas en sus redomas. Y de las cenizas de nuestro dolor, Él saca la mejor arcilla. De nuestras lágrimas saca perlas. Perlas que adornan su trono porque somos Su especial tesoro. Y lo que en un momento dado parecía ser una pesadilla, luego es un poema. Un poema donde están entretejidos nuestros silencios de dolor. Nuestros llantos.
Comenzarán a leer el poema de Emily.
El sufrimiento nunca es estéril cuando se remonta en las alas de la fe. Todo depende de la calidad del terreno. Depende de nuestra alma. Depende del lugar que Jesús ocupa en nuestras vidas.
Los que han perdido un ser querido entienden algo. Sí, algo, porque generalmente el dolor es sepultado en un mar de silencios. En largas noches donde lo único que brilla es la promesa divina. La esperanza. Si es que se conoce a Dios.
Los que han perdido un hijo, especialmente un hijo pequeño, es como perder un pedazo de la vida. Sí, porque la vida de un hijo es un capítulo del libro que comenzamos a escribir. Los padres somos la introducción. Sólo que vivimos con la esperanza de que nuestro libro será terminado en la eternidad con Jesús.
¿Quién puede explicar el sufrimiento? ¿Quién puede explicar el dolor? No se puede. Pero el amante Dios es tan bueno que nos dio canales a través de los cuales pueden desbordarse recuerdos. Pueden salir palabras que en otras circunstancias jamás hubiésemos dicho. Inclusive puede salir sanidad. Quizás la alegría nunca llegue porque el alma nunca olvida. Pero un día Dios borrará los recuerdos tristes. No obstante, aquí en la tierra, mientras respiremos, respiraremos esa esencia de lo que fue nuestro dolor. Un dolor que será llorado muchas veces en la soledad.
Emily me dio este libro. “Haz lo que sientas”, me dijo. “Sólo quiero que salga. Que otros puedan ser beneficiados de mi experiencia.”
Es su testimonio. El testimonio de la pérdida de su pequeña Isabella. Como el testimonio es largo, opté por publicarlo en partes. Quizás en un momento dado el manuscrito pueda ser preparado para la publicación de un libro. O será terminado en la eternidad. Porque la Sagrada Palabra nos dice que “sus obras con ellos siguen.” Lo que comenzamos aquí proseguirá en la eternidad. Lo que no pudimos terminar aquí será terminado en la eternidad.
Espero que puedan escuchar o leer este testimonio (pues cada publicación aparece leída en la parte superior de la página) y que con paciencia nos sigan en cada publicación. Es una manera de alimentar nuestra alma.
Ana Ríos
[El esposo de Emily, Felixalberto Rivera, pastorea una hermosa congregación en Franklin Park, un suburbio de la ciudad de Chicago, Illinois en Estados Unidos. Ambos laboran en los negocios del Rey y la salvación de los perdidos.]
Un Desierto En Su Presencia
Por Emily Colón
¿Por qué un desierto en Su presencia?
El libro de Hechos, capítulo 14:22 dice: “Confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y diciéndoles: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios”.
Titulé este libro Un Desierto en Su Presencia porque entendí desde el principio de mi proceso que no estaba sola. Dios nunca me abandonó. Al contrario, en cada momento, cada segundo y cada minuto era claro que caminaba junto a Él. Que en medio de esta gran tormenta Él permaneció junto a mí.
Y espero que puedas entender que aún en los momentos difíciles, es posible sentir la presencia de Dios. Aún en los procesos amargos de la vida es posible experimentar la paz que solo proviene del Altísimo y tomar de aquella agua que es Su palabra en momentos de sequía.
Porque son necesarias las pruebas para todo creyente para poder permanecer en la fe y poder entrar en su Reino.
“En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, 7 para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo, 8 a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso; 9 obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas”. 1 Pedro 1:6-9
La voz audible de Dios
Llevo toda una vida en el evangelio; antes de que dijera mis primeras palabras ya la iglesia era parte de mí. Dios era el centro, era la familia, era mi existir. Y aun así nunca había tenido el privilegio de escuchar la voz audible de Dios.
Creía en Dios. Creía en Su palabra y mi vida era testimonio de que Él era real, pero aun así nunca había escuchado Su voz. ¡Nunca! Dios había tratado con mi vida muchas veces. Por medio de sueños, y a través de Su palabra había experimentado Su amor y cómo Su Espíritu hablaba a mi corazón.
Una madrugada del año 2023, me encontraba durmiendo en mi cuarto. Como de costumbre mi esposo se encontraba en la sala orando y mis dos hijos dormían juntos en su habitación.
De momento me veo a mí misma dormida en mi habitación. Mi cuerpo estaba en la cama. Era una
visión.

Entonces escuché aquella voz que penetró en lo más profundo de mi corazón y me dijo: “Vas a tener un bebé y viene con Síndrome Down, pero tú lo vas a amar”.
Fue tan potente aquella voz que desperté en un brinco. Me levanté y me tiré de rodillas a clamar a Dios por misericordia.
Yo y mi esposo llevábamos un tiempo con el anhelo de tener otro hijo, el último bebé. Sería nuestro tercero. Pero jamás imaginé que fuera así.
No pude dormir aquella noche. No dije nada a nadie de lo que me había acontecido, ni aun a mi esposo.
Yo siempre tengo por costumbre que cuando tengo experiencias o sueños escribo la fecha, pero esta vez no lo hice. Estuve en negación, porque para mí el escribirlo significaba que estaba aceptando que era real. Que sí, que era la voz de Dios. Yo quería pensar que eran cosas mías.
Aquella noche, no solamente escuché la palabra, yo vi cuando la recibía. Hasta hoy no tengo noción del día que Dios me habló y ahora me arrepiento de no haberlo escrito.
8 de mayo del 2023
Pasaron varios meses y ya había olvidado aquella voz. Mi esposo se encontraba de cumpleaños y salimos con nuestros hijos a comer para celebrar la ocasión. Me acuerdo de que ese día me sentía algo extraña y con malestar. Cuatro días después de su cumpleaños me hice una prueba de embarazo y para mi sorpresa la prueba se muestra positiva.
Y fue en aquel momento que vino de nuevo a mi memoria aquella voz. Aquella palabra que había recibido meses atrás. Parecía que retumbaba en mi interior. Quería apagarla, pero no podía y el temor entró dentro de mí.

El tiempo pasó, y tuve un sueño. Esta vez me veía de espaldas sentada en una camilla de hospital. De momento, veo que por el lado izquierdo se extiende un brazo. No podía ver quién era, pero reconocí que aquella mano era la de un médico porque vi que tenía guantes azules.
La mano estaba llena de sangre y allí aparecía extendido mi bebé. Yo tomé el bebé y puse todo mi cuerpo sobre él. Yo acurrucaba a aquel bebé. Para mí era como si fuera mi primer hijo. Al mismo tiempo que lo tenía en mis brazos salía de mí un llanto, como si fuera el primer hijo. En todo momento yo no podía ver mi cara; en la visión estaba sentada todo el tiempo de espaldas.
30 de mayo de 2023
Llevábamos más de un año viviendo en el estado de Illinois y aún no tenía un doctor, así que una vez que me enteré de que estaba embarazada comencé a llamar a diferentes oficinas de doctores. Como yo tengo dos cesáreas me refirieron a una clínica que me ayudarían con mi embarazo, pero específicamente me dijeron que buscara al Dr. Saleh.
Llamé a la oficina que me refirieron y sin yo especificar qué doctor quería ver, la recepcionista me dice: “Te voy a asignar al Dr. Saleh. Y no, no es una mujer”. Yo acepté y a la semana fui a mi primera cita para confirmar el embarazo. Fue la primera vez que vi aquel corazón palpitando, era hermoso. Pero sí notaron que sus medidas eran más pequeñas que el promedio, pero yo no me preocupé porque en todos mis embarazos pasados habían comentado lo mismo.
Pero seguía aquella voz. Sabía que era real. ¿Pero cómo apagarla? ¿Cómo decir que no fue Dios? No fue una experiencia cualquiera, fue real. Lo vivía una y otra vez. Aunque aún no había aceptado lo que estaba pasando, en mi corazón estaba guardando aquella palabra. Y entendí que tenía un único trabajo: proteger la vida de mi bebé costara lo que costara.
Las semanas pasaron y no me hice prueba de sangre para saber su sexo o pruebas genéticas. Tampoco asistí a mi sonograma de doce semanas ya que sabía que, si encontraban algún diagnóstico temprano, más presión pondrían para que abortara al bebé.
Mi pensamiento era que mientras menos conocimiento los doctores tuvieran, menos poder tenían sobre mí o mi bebé. Pero el tiempo pasó y como todo ser humano, olvidamos. Y eso fue lo que me ocurrió, olvidé mi lucha. Por un momento llegué a apagar aquella voz.
29 de agosto del 2023
Llegamos a la cita de veinte semanas y esta vez insistí a mi esposo que me acompañara. Gracias a Dios que fue así. Fuimos con la idea de saber si era un niño o una niña. Ambos nos encontrábamos bien emocionados por saber qué sería. Ya en casa tenemos un varón y una niña así que este bebé determinaría la mayoría en nuestro hogar.
Al llegar a la oficina médica la tecnóloga nos pregunta: ¿Conocen el sexo del bebé? A lo que yo respondí, “Aún no sabemos”. Ella, al escuchar que aún no conocíamos el sexo del bebé se emocionó con nosotros.
Recuerdo que nos preguntábamos qué sería. Felixalberto rápido respondió: “niña” y yo dije “varón”. Todos estábamos sonriéndonos, esperando el momento de ver lo que sería. La tecnóloga me preparó y todos estábamos atentos al ver aquella pantalla y ver a nuestro bebé, pero al instante, en un momento todo cambió. La emoción, la felicidad, la atmósfera cambió y hubo un silencio.
La cara de la tecnóloga cambió de felicidad a una seria. El ambiente, todo en un instante cambió. Pasaron los minutos y aún el silencio permanecía. En mi mente me preguntaba si decir algo o no, hasta que tuve la valentía y pregunté: “¿Todo bien?”.
Ella hizo una pausa y respondió: “Estoy teniendo problemas para encontrar sus riñones”. Y seguía el silencio… Recuerdo que después ella dijo: “Pero puede sobrevivir con un riñón.” Solo intentaba alivianar la situación.
Fue en aquel momento que vino a mi memoria lo que Dios había hablado. Me sentía que estaba reviviendo esa escena, una y otra vez. Ya esto lo había vivido. Estaba en un estado de conmoción, no por la noticia sino porque era real. Aquella palabra se hizo real en mi vida.
Se hizo Real
La tecnóloga trató de hacer lo mejor que pudo para ver algo del bebé, pero aun así era imposible ver el sonograma. Todo se veía borroso, y lo que se podía ver no indicaba nada bueno. Yo comienzo a llorar porque no podía creer que era real lo que estaba pasando. La tecnóloga decide no continuar y sale e informa a mi doctor lo que estaba pasando.
Me trasladan para otra habitación y cuando salgo, el doctor ve que soy yo la que recibió aquella noticia y para él fue más difícil creerlo. Mientras todo esto está pasando, me siento en aquella oficina a esperar al doctor y es en ese momento que le digo por primera vez a mi esposo lo que Dios me había hablado: “Yo lo sabía. Tuve una experiencia. Exactamente esto mismo”. Pero él solo me decía: “Ten fe, no aceptes las palabras que ellos dicen”.
Pasaron los minutos y el doctor entra a la habitación. Rápidamente comienza a ver mi expediente y dice: “Tú eres joven. No fumas, no tomas y tuviste dos bebés sanos antes de este embarazo. Nada de lo que está ocurriendo se alinea con tu récord médico.”
Incluso para él era imposible entenderlo.
Seguían llegando las malas noticias una tras otra. El bebé sólo tenía un riñón y el único tejido de riñón que pudieron encontrar no estaba desarrollado completamente. El término en el idioma inglés es “renal agenesis” (agenesia renal). Al no estar funcionando los riñones esto ocasiona poco líquido amniótico, ya que gran parte del líquido amónico está compuesto por el orín del bebé. Además, encontraron que el bebé tenía líquido en el corazón y líquido en la parte posterior del cuello conocido como “nuchal translucency” (NT) (translucencia nucal). La medida normal de un bebé de NT en las doce semanas es menos de 2.5 mm y el de nuestro bebé estaba midiendo 11 mm.
Normalmente, a las doce semanas se hace un estudio de NT para determinar si el niño viene con un defecto genético cómo el Síndrome Down.
Aquel día fue un giro de 180 para nosotros. Nadie tenía una respuesta. Nadie podía darnos una solución o decirnos qué hacer. Nadie sabía qué era lo que en realidad estaba pasando. Lo único que pudo decirme mi doctor en aquel momento fue: “Emily parece que es un severo Síndrome Down”.
Yo le pregunté: “¿Cuál es el próximo paso? ¿Qué se supone que haga con esta información ahora?”
Yo estaba desesperada por saber qué hacer. El doctor nos recomendó ver a un especialista para que ellos pudieran darnos más información y hacer estudios más profundos. Pero, para mí eso tomaría tiempo y yo quería una respuesta en el momento.
“¿Qué hago ahora?”, seguía preguntando. El doctor se dirige nuevamente a mí y me dice: “ Yo te puedo dar otra alternativa, pero yo sé que tú me vas a decir que no”.
Cuando escuché esas palabras, guardé silencio. Y pude entender en aquel momento que toda nuestra situación Dios la había quitado de las manos de los médicos.
El saber que ellos no sabían nada o no podían explicarme qué era lo que estaba sucediendo, me dio paz en cierto modo porque sabía que Dios tenía el control. ¡A Él sea la gloria!
Si tu ley no hubiese sido mi delicia, ya en mi aflicción hubiera perecido. Salmos 119:92
Cuando recibí aquel diagnóstico, y al ver que no había respuesta de los médicos, entendí que solamente debía buscar mi respuesta en la Palabra de Dios. La Palabra en aquel tiempo fue mi refugio y mi consuelo. Se convirtió en una medicina cuando la ansiedad y la desesperación querían arropar mi ser.
Y comencé a leerla. Comencé a escudriñar qué era la fe. Leí sobre hombres y mujeres que pasaron por momentos difíciles. Y no sólo comencé a leerla sino a escribirla. La palabra de Dios fue una clave esencial en mi proceso. Porque como seres humanos, aun cuando Dios habla olvidamos. Y yo no quería olvidar. Cada vez que leía de Su palabra mi alma recibía consolación. Inmediatamente escribía en mi pequeño libro de notas. Y cuando la aflicción y desesperación querían arropar mi ser, tomaba aquel libro y comenzaba a leer y aquella palabra calmaba mi alma.
Fin de la Parte 1
Continuará en nuestra próxima publicación.
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