Un llamado urgente
- Mar 15
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El nombre Joel literalmente significa “Jehová es Dios". Y fue puesto al profeta como una reafirmación de fidelidad frente a la condición rampante de apostasía que vivió el pueblo de Israel durante este tiempo.
Al profeta Joel le es mostrada una visión espeluznante. Una devastación sin precedente que estremece al profeta y esta devastación no se mide solamente en el ambito físico. Dios quiere mostrarnos algo de más profundidad. Algo de una envergadura tal , cuyas repercusiones se han sentido en la vida espiritual del pueblo.
La condición pecaminosa del pueblo había provocado que cuatro plagas minaran la vida del país: la langosta, el pulgón, el revoltón y la oruga.
Aparentemente Joel precedió a Isaías y su profecía viene en respuesta a una condición crítica del pueblo:
1. Corrupción en el liderato
2. Una falta de compromiso de la clase sacerdotal
3. La perversión del culto a Dios
4. Corrupción en la fibra moral de la sociedad
Para detener la amenaza que se cernía sobre la nación, Dios hace un llamado a los líderes y sacerdotes a tocar trompeta para convocar al pueblo a una humillación. Sin embargo, el pueblo tomó el llamado livianamente sin entender que era inminente y demandaba una respuesta inmediata.
Solamente un quebrantamiento de parte del pueblo podía levantar la nación de la condición caída en que se encontraba. Entonces el llamado urgente de Dios es a un quebrantamiento del alma en el altar. Pero aquel quebrantamiento no era un simple quebrantamiento. Aquella humillación que Dios demandaba no era cualquier humillación. La humillación no envolvía un simple acto exterior. No era el ayuno que rutinariamente hacía el pueblo.
El pueblo tenía que lacerar su corazón. La palabra lacerar significa infligir una herida. Y el quebrantamiento tenía que ser demostrado con un llanto producido por el dolor del arrepentimiento.
Son pocos los profetas que con tanta urgencia llaman un pueblo al clamor y al quebrantamiento. Y este llamado lo que denota es que Dios veía un endurecimiento en el corazón del pueblo. Los altares estaban secos. Las recámaras de oración estaban desoladas
En la Sagrada Escritura encontramos el lloro como una manifestación de diferentes estados de ánimo. Muchas veces el pueblo lloró en el desierto en un arranque de rebeldía como en Números capítulo 14. Otras veces lloró ante la realización de un sueño esperado como en Esdras capítulo 3 cuando por fin vieron el templo levantado. Ezequías lloró porque aún no estaba preparado para emprender un viaje a la eternidad. Job lloró en medio de una prueba amarga. En fin, el llanto es la expresión más común del alma donde ésta comunica lo que a veces es incomunicable.
Vemos entonces cómo en este libro el Profeta Joel expresa los sentimientos de Dios frente a una nación que ya no tenía esperanza. Una nación que vivía de espaldas al Creador. Y el lloro que Dios demandaba del pueblo tenía que estar a tono con el profundo dolor que Dios sentía por la condición del pueblo. Como Dios en cierto momento dijo al profeta Ezequiel 6: Y los que de vosotros escaparen se acordarán de mí entre las naciones en las cuales serán cautivos; porque yo me quebranté a causa de su corazón fornicario que se apartó de mí, y a causa de sus ojos que fornicaron tras sus ídolos; y se avergonzarán de sí mismos, a causa de los males que hicieron en todas sus abominaciones.
¿Qué es este lloro que Dios demanda?
Los grandes ministerios han nacido en altares mojados por las lágrimas y en corazones quebrantados. Samuel fue producto del corazón quebrantado de una mujer estéril. El de Juan el Bautista de dos ancianos estériles, el de David se gestó en años de llanto y persecución.
Los grandes avivamientos han venido a través del dolor y el quebrantamiento de hombres y mujeres de Dios que han quebrantado su corazón y se han tirado a los pies del Maestro.
El problema grave con el que confronta Joel al pueblo es que los corazones estaban estériles. Estaban secos. La palabra de Jehová escaseaba porque no había quebrantamiento en el pueblo. 1:17 El grano se pudrió debajo de los terrones, los graneros fueron asolados, los alfolíes destruidos; porque se secó el trigo. La Palabra de Dios que es como trigo no puede hacer efecto en un corazón endurecido de la misma manera que la semilla no germina en un terreno seco. Entonces no habrá respuesta departe de Dios en los altares que no tienen lágrimas.
En tal condición Dios no acepta un mero emocionalismo de cánticos huecos y vacíos. De promesas falsas que nunca se cumplirán. Meros formalismos de retiros y ayunos sin sentido y dirección. Lo único que podía salvar aquel pueblo y lo que puede salvar la iglesia en esta hora es lo que dice en el verso 2:12 “Por eso ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios.
La conversión a Dios tiene que tener fruto. Y la verdadera conversión lleva a sentir repugnancia por el pecado. La verdadera conversión quebranta el alma y el corazón, y nos hacer llorar ante la presencia de Dios.
El nuevo año en Israel daba su apertura con un toque de trompeta. El llamado a la guerra se hacía con un toque de trompeta. Pero había otro evento grandioso que se hacía con un toque de trompeta y era el de santa convocación. Cuando el pueblo se presentaba ante Dios. Y tenía que ser en ayuno. Quien único podía sonar la trompeta al pueblo era el Sacerdote y esta misma responsabilidad y encomienda recae sobre el líder de la congregación o el Pastor.
La apatía ha opacado nuestra visión y hemos perdido de vista el postulado divino de que en la hora que estamos viviendo el pueblo tiene que gemir en el altar de Dios.
“Ceñíos y lamentad, sacerdotes; aullad, ministros del altar; venid dormid en sacos, ministros de mi Dios: porque quitado es de la casa de vuestro Dios el presente y la libación. Pregonad ayuno, llamad a la congregación; congregad los ancianos y todos los moradores de la tierra en la casa de Jehová vuestro Dios, y clamad a Jehová.
Joel no sólo fue un profeta para su tiempo. Se convierte también en vocero de la iglesia.
¿Cuál es nuestra posición frente a este llamado?
La sequía espiritual que vive la iglesia en esta hora es síntoma de un alejamiento de la verdad bíblica. Los grandes espectáculos que entretienen a la iglesia de hoy no son suficientes para mantener viva la fe de un pueblo. Hace falta más que ruido. Hace falta más que luces y música. El alma sólo se alimenta de Dios. “No sólo de pan vive el hombre”, y Dios le hizo ver al pueblo de Israel esta gran verdad metiéndolos por 40 años en un desierto sin agua y sin comida. Sólo con un “pan liviano” que no llenaba el estómago.
Lamentablemente nos enfrentamos a la misma situación de la sociedad de Joel. “Una vez que una ideología se apodera de un pueblo, solamente una fuerza superior o una fe superior puede echarla fuera”, dijo un famoso escritor. Una fe se vence con otra fe. Sólo un avivamiento podía sacar al pueblo de su condición pésima.
Es por esto que Joel clamó por un avivamiento frente al cuadro de valle de huesos secos que tenía delante. Aquel avivamiento nunca llegó porque el único remedio ante una condición tan crítica era la humillación. Había que dormir en sacos. Había que inundar el altar con lágrimas.
Pero el pueblo no quiso humillarse. Los ministros no quisieron dormir en sacos. No querían rasgar sus ropas como señal de un corazón afligido por el pecado. Los maestros de escuela bíblica no quisieron lacerar su corazón. Se consideraban una sociedad muy letrada y culta para tirarse frente a un altar e inundarlo de lágrimas.
¿Cuál fue el problema de la sociedad de Joel? Es el mismo problema de la iglesia de hoy. El pueblo está muy acomodado y nadie quiere pagar el precio. Nadie quiere vestirse de saco y revolcarse en ceniza. Nadie. Los ministros no quieren ayunar. Nadie quería gritar en el altar. Los ministros no están dispuestos a dormir en sacos. Todos están muy acomodados para hacer caso al llamado de Dios al arrepentimiento. La falsa doctrina de la prosperidad y la Nueva Era han socavado la fe de la nación lo que no da lugar a un arrepentimiento.
Como nos decía un famoso predicador: “Cuando el oído espiritual de un pueblo está afectado por la falsa profecía éste no puede oír la voz de Dios.
Aquel pueblo pasó por alto el llamado de Dios. Por tanto, no vieron cumplir la profecía en su tiempo. Sus hijos no vieron visiones, ni soñaron sueños. Aquel pueblo vivió la pesadilla de la invasión.
Ana Ríos
15 de marzo 2026





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