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¿Pueden coexistir pacíficamente la cultura contemporánea y la fe?

  • relojprofetico
  • Dec 17, 2025
  • 5 min read

La coexistencia pacífica entre la cultura popular prevaleciente y la fe cristiana ha ido creando unos fenómenos y situaciones conflictivas debido a su naturaleza contraria.

 

La nación de Israel vio los resultados, según el análisis que hicimos tiempo atrás del capítulo 2 de Jueces donde nos relata cómo fusionaron la revelación divina con los cultos cananeos. Dejaron al Dios de sus padres y dondequiera que salían la mano de Jehová estaba contra ellos para mal y tuvieron gran aflicción.

 

En cierta ocasión, en un seminario de misiones tuvo lugar una de estas situaciones conflictivas y morbosas que han ido saliendo a la superficie en una forma constante.  Una joven creyente, quien vive una vida dedicada a Dios y con un profundo fervor por las misiones, estuvo participando en uno de los talleres.  Según ella, la atención del predicador hacia su persona se hizo tan evidente al grado de crear malestar. 

 

En un estado de arrebato, el predicador comienza reprender el “espíritu de religiosidad” en la joven quien cultiva un estilo exterior de sencillez, con su falda larga y su rostro sin maquillaje.  En el término del cristianismo genérico contemporáneo la joven vive un fanatismo; para los seguidores de Cristo de las edades pasadas y los que viven bajo del régimen de la daga islámica y el martillo comunista, esto es devoción.

 

¿Qué espíritu impulsa a la nueva fe que ha ido tomando lugar en nuestras congregaciones y en el estilo de vida de nuestra gente?  Un famoso escritor americano hizo énfasis sobre una gran verdad:  Cuando una ideología se apodera de una sociedad, sólo una fuerza superior o una ideología superior puede exorcizarla.  La destrucción de una fe se lleva a cabo sólo con la ejecución de otra fe.” 

 

La fe contemporánea ha sufrido un proceso de hibridación a través del constante bombardeo en las pantallas de los medios comunicativos y las películas al nivel que la degradación de las cosas sagradas y blasfemias contra Dios pronunciadas en cada estreno de película no provocan indignación. Se ha ido normalizando en la conciencia de la presente generación como algo de moda y contemporáneo.

 

Las palabras soeces y el lenguaje vulgar es la norma aun entre los más educados. Inclusive entre los predicadores de la Palabra Sagrada. 

 

Generalmente, una persona pasa de 7 a 12 horas diarias frente a cualquier equipo electrónico desde que comienza a tener uso de razón. La televisión fue la nodriza que dio forma al pensamiento de esta generación. En ella se han establecido los estándares de lo que es normal y lo que no es normal, de cómo debe vestir una mujer y un hombre, cómo comer, qué es moda y qué no es moda, etc., etc.  

 

 “El cristianismo no es una opción”, dictaminó el famoso escritor Elliot.  El cristianismo es un estilo de vida que va más allá de cualquier cultura contemporánea. El cristianismo es experiencia, es vivencia, es pasión y es devoción.  Es negarse a sí mismo.  El verdadero cristiano tiene cicatrices. Las cicatrices de la burla, la traición y del desprecio. El cristiano verdadero ha bebido de la copa de su Maestro y ha sido bautizado con el bautismo de su Señor.

 

Decir “soy cristiano” en los países hostiles hacia el cristianismo es tener una daga en el cuello. Por lo tanto, no es cuestión de “dichos” y “hechos”.  Es cuestión de experiencia y vivencia.

 

En Occidente, sin embargo, el cristianismo es dichos que no son vividos; y aquellos que se esfuerzan en vivirlo llevan el sello de la escoria.  Son tachados como legalistas, regresivos, “santurrones”, “rajatablas”, etc. 

 

Si Madame Guyon, la mujer que renunció a todo por cautivar a Cristo en su corazón, viviera hoy la volverían a meter presa en el calabozo.  Madame Guyon fue una mujer adinerada y su conversión a Cristo provocó una experiencia de pasión y entrega que renunció a todo. Regaló sus joyas y lujosos vestidos y terminó en una prisión por su devoción al Señor.

 

Frances Havergal compuso el famoso himno “Entera Consagración” y en su edad juvenil hizo un recogido de todas sus joyas preciosas y su ropa costosa y las donó a las misiones por agradar a Cristo. Si viviera hoy, sería tachada de fanática. Esta joven de la aristocracia inglesa optó por vestir como campesina porque quería ser como su Maestro quien nunca vistió ropa lujosa.  

 

El cristianismo contemporáneo es paradójico.  Por un lado, cantamos con un puro arrebato de pasión himnos de entrega incondicionada. Sin embargo, cuando se nos pide auto negación y entrega al servicio de Cristo utilizamos los mejores argumentos bíblicos y personales para defender nuestra posición ante el mundo.  La triste realidad es que se sirve y se ama al mundo, y nadie puede amar a dos señores.

 

¿Cómo se define la palabra cristiano?  Técnicamente es “seguidor de Cristo”.  Para la iglesia primitiva era “martirio”. El requisito para ser seguidor de Cristo en los albores del cristianismo era la renuncia, la entrega y hasta la muerte.  Eran llamados “los del Camino.”

 

Y Cristo llanamente puso las condiciones del Reino:   Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.  Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? :  Mat 16:24-26

 

Seguir a Cristo en los días de los apóstoles equivalía perderlo todo: reputación, estatus social, familia y aun hasta propiedades. Ser expulsado de la sinagoga era ser expulsado de la vida misma. Equivalía perderlo todo.

 

Cristo no ha rebajado las condiciones del Reino.  No las rebajó ante el joven rico a quien confrontó con sus demandas.  Mateo 19:16-30 .  Hoy son las mismas; cambiarlas sería socavar el testimonio y la fe de aquellos que han sufrido el martirio por sus convicciones.

 

Para los creyentes de la iglesia primitiva no era tan complejo servir a Cristo. No había opciones, no había categorías. No había iglesias liberales, ni menos liberales, ni conservadoras ni más conservadoras.  Había una línea recta que se llamaba “entrega”.  Y de allí no había regreso.

 

Y esta “entrega” tenía una sentencia:  el martirio. Todos culminaban en el patíbulo. Pablo fue degollado, a Timoteo lo mataron a palos, Esteban fue apedreado… Si seguimos mencionando llenaríamos este espacio y no terminaríamos.  En sus albores la iglesia escribió su historia con sangre.

 

Todos los apóstoles sufrieron el martirio.  El único, que sepamos, que no fue martirizado fue Juan, pero fue torturado y tirado en una isla rocosa todo quemado para que muriera allí.  ¡Eso es ser cristiano!  De una forma o de otra somos mártires.  Cargamos una sentencia de muerte tal y como dijo el apóstol Pablo:   Porque según pienso, Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles como postreros, como a sentenciados a muerte; pues hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres. 1 Corintios 4:9

  

El gran predicador Charles C. Finney dijo:  El avivamiento no es más milagro que una cosecha de trigo.  El avivamiento viene del cielo cuando almas heroicas entran en conflicto, determinadas a vencer o morir o, si es necesario, vencer y morir.  

 

Pronto nos veremos en la misma encrucijada de la iglesia primitiva. Nuestra supuesta entrega a Cristo será desafiada. Nuestros sentimientos a Cristo serán probados. Es en esta etapa que comenzará la separación del trigo y la cizaña.

 

Ana Ríos

17 de diciembre de 2025     

 
 
 

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