Un Desierto En Su Presencia – Parte 3
- Aug 20
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Updated: 4 days ago

Por Emily Colón
¿Fue Dios quien nos trajo aquí?
5 de noviembre del 2023 - El domingo, 5 de noviembre de 2023, se hizo en la iglesia un servicio especial concluyendo tres semanas de oración y ayuno. En la predicación estuvo un joven de apellido Rivera y cuando llegó el momento de la ministración algo llamó mi atención. Él dijo: “Yo no los traje aquí para avergonzarlos.”
No lo dijo directamente. Pero por un debido tiempo esas eran las palabras exactas que yo le decía a Dios. Porque llegó la duda y como seres humanos comenzamos a mirar atrás y a preguntarnos: “¿Fue Dios quien nos trajo aquí? ¿Esto pasaría por nuestra desobediencia?”
Luego el evangelista comenzó a orar por Felixalberto. Todo ese tiempo mis ojos estuvieron cerrados. Lo único que recuerdo escuchar fue: “Tus ojos lo van a ver. Tus manos lo tocarán. Tus pies lo pisarán.”
Y cuando escuché esas palabras anhelaba que fuera dirigida a nuestro bebé, pero entendí que no era así. Porque en el preciso instante que nosotros estamos pasando por este proceso, la iglesia estaba alcanzado una bendición de un nuevo templo.
Confianza en Dios
11 de noviembre del 2023 - La madrugada del 11 de noviembre Samuel pasó toda la noche enfermo, llorando. Fue horrible, no había manera de consolarlo. En una parte de la noche cambié con Felixalberto y me quedé con Samuel. Comencé a acariciar su espalda y su cabello mientras oraba por sanidad. Al tiempo pudo dormir y nuevamente Félix y yo turnamos. Yo me fui a dormir y él se levantó para quedarse con Samuel.
En la mañana insistí llevarlo al médico para asegurarnos de que todo estuviera bien. Tuvimos que ir a una clínica, porque todos los pediatras y oficinas estaban cerrados. Era un día festivo. Cuando llegamos, la mujer fue un poco grosera y simplemente nos dijo que no podía atendernos. Nos dio un papel con una lista de otros lugares que nosotros podíamos llegar.
Eso me dolió porque no fue un rechazo a mí, sino a mi hijo. Me sentí lastimada y lloré. Félix me dice: Emily, “todo obra para bien”. Pero en ese momento yo quería que mi hijo fuera atendido.
Samuel ya se encontraba bien. Solo con un poco de ojeras porque no había dormido en toda la noche, pero de camino a la casa comencé a meditar en el Señor: “¿Qué mejor doctor que Dios? ¿Qué mejor medicina que Dios? ¿Qué mejor sanidad que la que proviene del Altísimo? Nuestra fe y seguridad no están en el doctor o cualquier hombre con cualquier título. Sólo Dios es perfecto. Y Dije: ¡Qué bueno que me pasara para que deje de mirar al hombre y confiar completamente en Dios! Samuel estaba sano y esa noche durmió sin despertarse.
Su voluntad
28 de noviembre de 2023 - Cumplí las 33 semanas y fuimos al médico y todo parecía estar igual. Dos semanas antes, mi doctor me recomendó otros especialistas para que nos ayudaran en los siguientes pasos una vez que el bebé naciera. Pero yo no quería ver otros doctores y escuchar sus teorías.
En esta cita me hicieron un sonograma y pude ver al bebé y me conmovió. ¡Verlo luchar! ¡Ver su vida! ¡Su cuerpo tan frágil y tan pequeño! Lo que quería era abrazarlo. Pensé que cuando tuviera el privilegio de tenerlo en mis manos lloraría como nunca. Una vez más, vi las notas de la enfermera y todo seguía de la misma manera, pero no había tristeza en mí. Sólo debía de confiar en Dios
¿Qué puede ser más difícil que levantar un hombre de los muertos después de cuatro días? Si Jesús pudo hacer eso en la vida de Lázaro y mucho más, ¿qué no haría por nosotros?
Ese mismo día en la tarde comencé a sentirme un poco cansada. También sentía una presión grande en mi pelvis. Decidí entonces darme un baño mientras mi esposo acostaba a nuestros hijos.
Eran las 9:30 PM y mientras estaba en la ducha sentí como si una burbuja hubiera explotado. Comencé a ver sangre como nunca había visto y pensé: ¡Ya es tiempo! Llamé a mi esposo y solo con el sonido de mi voz Felixalberto supo que algo había pasado.
El sangrado aún continuaba y comencé a vestirme para ir al hospital. No sentía dolor, o contracción en el momento. Mi esposo llamó a mi mamá, pero ella no contestaba el teléfono. Para ese entonces ella vivía en la parte baja donde nosotros estábamos. Así que Félix tuvo que ir a tocar su ventana para que se quedara al cuidado de nuestros hijos. Ya mi maleta estaba preparada. Así que sólo tomé algunas cosas y nos fuimos al hospital. Antes de salir me arrodillé y oré a Dios que tuviera el control.
A pesar de todo me sentía tranquila. Tomó 35 minutos llegar al hospital y de camino sólo escuchaba a Felixalberto orar y hablar en lenguas. A mitad de camino le dije que regresáramos a casa, pero él insistió en ir.
Llegamos al hospital y traté de caminar al paso de mi esposo, pero no podía. Sentía mucha presión. Entramos a emergencia y me colocaron en una silla de ruedas y nos abrieron paso para llegar a la sala de partos. Ya los doctores me esperaban y me pusieron en un cuarto. Una vez que llegamos me hicieron cambiar. Diferentes personas entraron y verificaron si todavía estaba el sangrado o estaba dilatada, pero todo había parado. Solo me tendrían en observación y en la mañana los doctores me verían para hacer otros estudios y determinar la causa del sangrado. Me dejaron descansar toda la noche. Al punto que pensé que se habían olvidado de nosotros.
A las 8:30 AM comenzaron a venir las enfermeras y doctores. La última vez que vi a la enfermera fue a las dos de la mañana. Luego de un tiempo llegó el primer doctor. El Dr. Robinson trabajaba en el área de medicina fetal. Se sentó delante de nosotros y con rostro muy afligido y turbado nos pregunta: “What is your goal?” (¿Cuál es tu objetivo?) Porque si tu anhelo es tener un tiempo con tu bebé, lo mejor es intervenir ahora”.
Él entendía que no importaba cuánto esperáramos por tener al bebé, el resultado sería el mismo: la muerte.
Ellos querían eliminar ya el problema.
Pero yo respondí: “Si la voluntad de Dios es que nuestro hijo esté con nosotros, Amén”. Entonces comencé a llorar y dije: “Pero si su voluntad es que no esté con nosotros, Amén también.”
Recuerdo que solamente lloraba mientras decía esas palabras. Fue el único momento que los doctores me vieron llorar aquel día.
Para mí era muy pronto. Sólo tenía 33 semanas. Mencioné a los doctores que si mi sangrado paraba y el cordón umbilical y sus latidos permanecían todos bien no habríamos de intervenir para la cesárea.
La razón por la que yo no quise intervenir el embarazo era porque los médicos no estaban dándonos una solución para salvar la vida del bebé. Al contrario, lo que ellos querían era sacar al bebé y que yo pasara sus últimos momentos con vida.
Si hubiera habido alguna forma de salvar su vida yo hubiera optado por una cesárea temprana y así salvarlo.
Al rato fuimos a hacer un sonograma y vi al bebé. Con mis ojos pude ver el poco espacio que tenía y la posición en que se encontraba.
Los doctores buscaban la placenta para ver si era lo que estaba ocasionando el sangrado. Y mientras veía todo eso pensé: “Creo que debemos sacarlo para que esté más cómodo. Pero en ese mismo momento me acordé de Hebreos 11:1:
Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Hebreos 11:1
Y entendí en ese momento que, aunque no lo viera con mis ojos carnales, debía creer que él estaba bien. Que Dios tenía el control. Que Él tiene la última palabra. Que no debíamos apresurarnos. Sino esperar en Él.
Al mediodía mi doctor fue a verme y me dijo: “Ya eres famosa”. Porque todo el hospital conocía mi caso. Luego se sentó delante de mí y me dijo que todos los doctores piensan igual, intervenir ahora era lo mejor.
Recuerdo que dijo: “Yo estoy aquí hoy, Emily”. Haciéndome entender que él podía llevar a cabo la cirugía, pero yo solo sonreí y bajé mi cabeza. Le dije: “No voy a intervenir”. El doctor más adelante sugirió esteroides para ayudar a desarrollar los pulmones del bebé y Félix y yo estuvimos de acuerdo.
En el sonograma encontraron que el bebé estaba midiendo como si fuera de 28 semanas. Era pequeño, pero la placenta y el cordón umbilical seguían funcionando a pesar de todo lo negativo que veían.
Luego en la tarde llegaron otros doctores del departamento de neonatología. Ellos están encargados de atender al bebé una vez que naciera y nuevamente repitieron lo mismo. No importa lo que hiciéramos o esperáramos, el dictamen era el mismo: que el bebé no sobreviviría.
Nos preguntaron si estábamos de acuerdo con proveer oxígeno y rescate al bebé o si deseábamos tener un momento con el bebé a solas. Y al ver y recibir toda esta información, una detrás de la otra, lucía que ellos estaban haciendo lo correcto. En su conocimiento y entrenamiento era lo correcto. Pero lo que en realidad hacían era determinando un resultado de muerte, de derrota. Diciéndome: ¿Para qué esperar? ¡Termina con el dolor ahora! ¡No sufras más! Ya no hay solución.
Pero en mi corazón yo aún tenía la fe de que Dios podía hacer algo. Que Dios podía hacer un milagro. Parecía que cada doctor, uno tras otro, trataba de convencerme de tomar otra decisión. Pero yo no quería tomar una decisión. Yo quería esperar en Dios.
¿Quién soy yo para decidir por su vida? Yo no fui la que la di. Yo espero en Dios.
La única solución que ellos me presentaban no era para salvar la vida de mi bebé, era para que lo viera morir en mis brazos. Y a eso yo decía “NO”.
Al final, no importando el camino que decidiéramos, si esperábamos más tiempo o no, para los médicos el resultado sería el mismo. Para ellos no había forma de salvar a esta criatura. Y creo que Dios tiene que llevarnos hasta aquí. Llevar al hombre hasta estos momentos para que nadie se glorifique de lo que Dios quiere hacer.
Ayer leí en Isaías 42:1 donde habla del siervo de Jehová: He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones.
Isaías 43:1-3: Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú. 2 Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti. 3 Porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador; a Egipto he dado por tu rescate, a Etiopía y a Seba por ti.
El segundo día de estar hospitalizada ya estaba sintiéndome mucho mejor y ya deseaba estar en casa. Extrañaba a mis hijos. En la mañana quedé sola por un momento en lo que Félix hacía varios encargos del trabajo y de la iglesia.
Después en la tarde él regresaría con nuestros hijos para que los pudiera ver. Por lo general todo el día estuve sola y llegó un momento del día que comencé a sentirme cansada y recosté mi cabeza para dormir un rato.
No pasaron los segundos cuando tocaron la puerta. Abrí mis ojos y dije “Pase”. Era la trabajadora social, una joven. Se introdujo y comenzó a hablar conmigo y explicarme sobre el departamento donde trabajaba. Ellos estaban encargados de dar apoyo a las familias y proveer cosas como fotos, huellas, certificado, ropa y qué hacer con el cuerpo del bebé una vez que naciera. Para mí no fue una sorpresa porque me acordé de la hermana y el proceso de su hija con sus gemelas y también los doctores de neonatología me habían comentado este procedimiento.
Me entregó un documento que mencionaba todo esto. La escuché y le dije que yo me sentía bien, que tenía un gran apoyo que era mi esposo, mi familia y mi iglesia, pero yo no tomaría una decisión con ella al momento. No hablaría de eso. Cordialmente le dije gracias, pero que no.
Ella entendió y dijo que más adelante nos volveríamos a ver ya que estábamos en días festivos y podía ser que no hubiera personal para atenderme y que era mejor que hiciéramos un plan de acción si llegara a pasar algo. La escuché, pero yo solo quería descansar. Estaba cansada de ver a tantas personas, estudios y exámenes. Nuevamente le di las gracias y se marchó.
Cuando ella se fue, recosté mi cabeza sobre la cama y mi vista quedó hacia arriba y de mí salió una sonrisa sarcástica. No podía creer la situación en que me encontraba y dije a Dios: ¿Hasta dónde me vas a llevar? ¿Hasta dónde nos vas a empujar? Solo reía porque no había tristeza en mí. Pero me sorprendía que esta era mi realidad. ¡Hasta dónde nuestra fe debía ser probada! ¡Hasta dónde vamos a ser empujados por nuestra fe!
Para mí, tener que escuchar a un extraño dándome condolencias por mi bebé mientras su corazón latía dentro de mí. ¡Y ya ellos pensando en su velorio! ¡Qué atrevimiento!
Eso fue algo que aprendí en todas estas citas. La forma que ellos hablaban no era grosera o fuerte. Hablaban comprensivamente y sutil, y cuando alguien se dirige a ti de esa manera uno es más receptivo. Es más fácil decir que ellos tienen la razón, ‘creo que debemos hacer cómo ellos dicen’. Pero ellos querían que yo tomara la decisión de actuar ahora. En mi momento más vulnerable.
El tercer día de mi hospitalización hicieron varios estudios al bebé para escuchar sus latidos y detectar sus movimientos. Gracias a Dios todo salió bien. Y nos dejaron ir a nuestra casa. Estaba muy contenta de poder ver a mis bebés. A mis hijos. Esa noche era el servicio de niños en nuestra iglesia, Felixalberto se fue con Samuel y Jane y yo quedé en casa descansando.
4 de diciembre de 2023
El lunes, Felixalberto se encontraba trabajando junto a otros pastores y líderes de nuestra iglesia para obtener todos los documentos para la compra del nuevo templo. Parecía que no sería posible que le entregaran las llaves el día martes. Yo llegué a pensar que ya no querían vender la propiedad, pero para mi sorpresa el miércoles entregaron las llaves del nuevo templo a la iglesia. Y el jueves, 7 de diciembre, fuimos con los hermanos a ver el nuevo templo. Esa semana Félix se encontraba haciendo muchas labores.
Mientras yo me encontraba en el hospital, él se hallaba trabajando con documentos, permisos y buscando un electricista. ¡Qué no hizo este hombre! Se dividió en diferentes partes. Se veía cansado, pero Dios le dio la fuerza.
Cuando llegue el momento, ¿estaré preparada?
8 diciembre 2023 - Pronto sería el cumpleaños de Jane, así que salí con mi mamá a comprar un traje para ella. Pero en la tarde comencé a sentir dolor y no me había percatado de que eran contracciones. Al llegar a casa comencé a sangrar nuevamente. Félix comenzó a tomar el tiempo de las contracciones, eran cada dos minutos y duraban 30 segundos.
Le dije que no quería ir al hospital ya que era de noche y nadie podría atenderme hasta la mañana. Así que decidí quedarme en casa hasta que pasaran los dolores y comencé a orar a Dios.

Le suplicaba: Dame un poco más de tiempo, pero que no sea mi voluntad sino la tuya. Yo quería pasar el cumpleaños de Jane con ella. Quería estar en su segundo cumpleaños, por eso suplicaba de que me diera más tiempo. Poco a poco comenzó a irse el dolor y pude descansar. Pero más importante, Félix pudo descansar, había sido una semana larga para él. Y siempre permanecía pendiente de mí, en lo que necesitara.
Los niños estaban ya acostados y yo me encontraba acostada en mi habitación. Félixalberto entra al cuarto y se sienta delante de mí y me pregunta: ¿Qué es lo más que temes?
Yo comencé a explicarle que era algo raro lo que sentía porque mi carne, mi humanidad quería sentir pena de mí misma. Decir: ¡Qué mucho has sufrido! Que tuviera compasión por mí. Pero al mismo tiempo yo rechazaba eso.
Reconocí que era el Espíritu que no me dejaba aceptar aquel pensamiento de autocompasión. Desde el principio había en mí una seguridad de que estaba en la voluntad de Dios, en el proceso de Dios, y por esa razón no había tristeza. No cuestionaba el momento en que me encontraba. Es claro que Dios estaba aquí junto a mí.
Pero mi mayor batalla, mi mayor preocupación era cuándo llegue el momento, ¿estaré preparada? ¿Tendré la fe suficiente? ¿Podrá Dios sacar la cara por mí? ¿Hasta dónde nos empujará Dios? ¿Hasta dónde mi fe sería probada? Porque mi anhelo era tener a mi bebé en mis manos y que saliera de mi vientre sin problemas. Llorando y poniendo sus pulmones en función. ¿Pero hasta donde nos probará Dios?
Le dije a mi esposo: “Mira Abraham, Dios le dijo que le sacrificara a su hijo, lo único que tenía y no lo detuvo cuando iba de camino. No lo detuvo cuando hizo el altar, sino en el momento que alzó su mano para quitarle la vida, pero tenía una promesa que ese hijo sería su descendencia.
17Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía su unigénito. Hebreos11:17
Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.4 Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella.5 Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios; y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios. 6 Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan. Hebreos 11:3-6
Al siguiente día siguieron las molestias, pero no como la noche anterior. Estuve todo el día en reposo y el domingo fui a la iglesia. Me tocaba dirigir, pero me molestaba estar mucho tiempo de pie así que Félix decidió que cantáramos juntos. El Dirigió desde el frente y yo desde la banca.
El sábado, 9 de diciembre de 2023, le cantamos cumpleaños a Jane. Me dio sentimiento y alegría saber que pude estar con ella y cantarle, verla cantar y contar sus años en la iglesia. ¡Ya estaba grande!
El domingo en la noche todo parecía bien, pero en la madrugada comenzaron nuevamente los dolores. Así que estuve el lunes descansando en cama porque el martes sería mi cita con el doctor.
Lo más difícil era la espera. ¡Cuando será! Ya mi cuerpo comenzaba a sentirse cansado y el dolor era tanto que quería que todo terminara ya, pero debía esperar en el momento de Dios. En lo que Dios habría de hacer.
Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán. Isaías 40:31
La hora llegó
El 15 diciembre, había comenzado a tener contracciones nuevamente, pero Félix y yo estábamos acostumbrados a ver mi cuerpo reaccionar de esa forma. Ya sabíamos cómo lidiar con la situación. Intentaba quedarme en el cuarto reposando, tomando mucha agua y líquidos que me mantuvieran hidratada ya que esto ayudaba a disminuir las contracciones. La noche pasó, y las contracciones desaparecieron. No pude dormir bien, sentía mi vientre incómodo. Procuraba poder acomodarme y descansar, pero no conseguía la comodidad.
Al siguiente día me sentí mejor y estuvimos trabajando en la cocina preparando los alimentos para los hermanos que trabajaban en el nuevo templo. Ya era fatigoso para mí caminar y moverme con facilidad, pero no podía estar quieta, tenía que mantenerme ocupada.
Luego de estar en la iglesia, llegamos a casa y descansamos toda la tarde. En la noche llamé a una hermana que se encontraba enferma y compartió conmigo dos experiencias. En el primer sueño me veía sentada en una de las sillas del templo y veía que pasaba por una aflicción, pero a pesar de todo yo me veía calmada. Ella decía que yo alababa a Dios. En el segundo, me ve que estoy al frente de la iglesia dando un mensaje pero que las personas, incluyendo ella, luchaban por escuchar el mensaje. Veía que otra hermana se le acerca diciendo “!Hay que buscar más a Dios!”.
Terminé de hablar con ella y cuando estamos preparándonos para ir a dormir comienzo a sentir nuevamente las contracciones. Volvimos a la rutina de tomar mucha agua y descansar. Félix se ocupó de los niños, pero en esta ocasión las contracciones persistían. En un momento pensé: “¿Será el momento?
Comparadas con las contracciones anteriores, estas se sentían más intensas, pero yo no quería volver nuevamente al hospital. Buscaba la forma de que el dolor fuera menos intenso, pero no había forma de disminuirlo. Comencé a ir al baño muchas veces porque sentía incomodidad. Y cada vez que venían las contracciones aguantaba y decía en mi mente: “Ya termina! ¡Ya termina!”.
En todo momento Félix estaba pendiente de mí. En una ocasión fui al baño y vi sangre, y él dijo: “Vamos para el hospital”, pero yo insistí que no. Así estuve por varias horas.
Cuando me senté en el sillón frente a mi cama, en una de las contracciones sentí un dolor muy fuerte y di un grito como nunca antes. Fue en ese momento que comenzamos a tratar de vestirnos para ir al hospital. Pero yo no podía moverme. Sin darme cuenta mi cuerpo estaba ya expulsando al bebé.
Félix llamó a mi mamá para que se quedara con los niños. Cuando subió, tomó nuestras pertenencias y nos fuimos al hospital. Pero yo no podía caminar. De camino al hospital las contracciones eran mayores y en todos los pares que Félix hacía mientras conducía aumentaba mi dolor. Y solo pensaba: “Ya se van. Ya se van. Ya termina el dolor”.
Llegamos al hospital y le dije a Félix que buscara una silla de ruedas y viniera por mí. Al entrar ya sabíamos por dónde debíamos ir para llegar a la sala de partos. De camino al hospital, Félix llamó a mi doctor, así que cuando llegamos nos estaban esperando. Tenía mucho dolor, pero las enfermeras al verme calmada lo tomaron bien despacio. Rápido que llegué al cuarto tenía que ir al baño. La enfermera entonces preguntó si todo estaba bien. Le expliqué que tenía la sensación de ir al baño, pero no podía.
Una vez que me acosté en la cama, la enfermera comenzó a ponerme las máquinas para ver mis contracciones y escuchar el latido del bebé. Ella preguntaba: “¿Dónde normalmente sientes el latido del bebé?”. Yo le expliqué que en mi lado derecho ya que el bebé estaba atravesado. Pero aun así no encontraba los latidos.
Yo estaba tranquila. En ningún momento me preocupé de no escuchar su latido ya que normalmente siempre apagaban el sonido en todos mis sonogramas con el temor de que algún día fuera a la cita y no hubiera latido. Es en ese momento que la enfermera se disculpa y dice que va a ir a buscar algo. Pero regresa con la doctora y una máquina de sonograma.
Comienzan a observar, pero nuevamente la doctora sale de la habitación y regresa con otra máquina, pero fue el mismo resultado. Ella termina de verificar y luego se dirige a mí: “Estoy teniendo dificultad de encontrar un latido”.
Me quedé mirándola. No hubo ninguna reacción. Miré a Félix y él estaba igual que yo. En ese momento van a buscar otro doctor para confirmar si era correcto que no hubiera latidos. Y mientras eso pasaba, yo comienzo a orar y clamar a Dios. Le decía a Félix: “!No lo creo! No lo acepto”. Dios tenía el poder de revivir al bebé. Entendía que mi fe estaba siendo probada. Así que mi mente estaba puesta completamente en Dios. Yo voy a creer.
Al rato llega la otra doctora. En ningún momento puedo ver la pantalla de la máquina ya que la tenían dirigida completamente hacia ellas. La siguiente doctora confirmó lo mismo: “Lo lamento, no hay latidos”.
Ambas me miran, y esperan una reacción de mi parte, pero yo quedé igual. Tranquila. En todo esto yo todavía seguía con mis contracciones y dolores. No me habían dado ningún tipo de medicamento para disminuirlas. Ellas se van para darnos un tiempo.
Luego de unos minutos la doctora regresa con la enfermera y verifica cuán dilatada estaba, y para su sorpresa yo estaba completamente dilatada. Ella quería que intentáramos tener a la bebé natural ya que mi placenta no se encontraba de forma previa. De esta forma no tendría que pasar por una cirugía. Sin embargo, ella explicaba junto a otra doctora, que tendría que forzar y voltear al bebé ya que no estaba en posición.
Cuando ellas tocaban para sentir al bebé, lo que alcanzaban a tocar era su hombro, pero para mí esto no era una opción. Yo tenía fe que aun sacándola de mi vientre Dios podía resucitar al bebé. Así que mantuve mi postura y dije: “No importa si tengo que pasar por la cirugía, lo que me importa es que el bebé esté bien. Que su cuerpo no sufra ningún daño”. Porque aun sacándola de forma natural no garantizaban que fuera exitoso el proceso. Podrían intentarlo de forma natural y luego darse cuenta de que no se podía y tendrían que entonces hacer la cesárea.
Dejaron que Félix y yo discutiéramos y habláramos, pero yo me mantuve en mi posición. No quería dar a luz y que el cuerpo del bebé sufriera daño tratando de sacarlo forzadamente. Félix no opinó ni sugirió nada, él solo esperó por mi decisión. Yo tenía fe que Dios todavía podía hacer un milagro y yo poder escuchar el llanto del bebé. Ambas doctoras volvieron y nuevamente verificaron la posición del bebé. Sabían que no sería algo fácil de forma natural, pero querían evitar la cirugía.
Me dirigí a ellas y les dije: “Sé que para ustedes, debido a las circunstancias, sería lógico tener el bebé de forma natural, pero para mí él sigue siendo la prioridad. Y si estuviera vivo esta no sería la forma que usted aconsejaría para tenerlo. Yo sé que muchos doctores empujarían en hacer una cesárea. Sin embargo, ustedes están haciendo lo contrario, pero para mí lo más importante es mi bebé y que su cuerpo no sufra daño.”
Cuando dije eso ellas se impactaron y comenzaron a sonreír porque se dieron cuenta de lo presente y lo segura que yo estaba. Porque ya ellas, como doctoras, no estaban pensando en el bienestar del bebé, sino en lo que era mejor para mí. Pero yo no pensaba así. Yo no pensaba en mi cuerpo. Yo no pensaba en lo que era mejor para mí. Yo pensaba que dentro de mí estaba mi bebé con vida o sin vida y mi deber era protegerlo hasta el final. Y si eso significaba poner mi cuerpo por el del bebé yo lo haría sin pensarlo dos veces.
Comenzaron a prepararnos. Llegó el anestesiólogo y cuando comenzó a ponerme la inyección, se percató de que salió un poco del líquido cefalorraquídeo (LCR). Pero en el momento no sentí ningún síntoma. Al llegar a la sala de operaciones comienzo a meditar en el Señor y en su Palabra. Cerré mis ojos y solo oraba a Dios. Yo tenía fe que aún después de la noticia que no había latidos, Dios podía hacer un milagro y yo podría escuchar su llanto.
Comencé a meditar en la Palabra y como tenía los ojos cerrados, muchas veces las enfermeras iban donde mí a preguntar si estaba bien. Pero yo estaba poniendo toda mi concentración en Dios. Oraba por un milagro. Oraba por escuchar su llanto.
Ya he tenidos dos cesáreas y normalmente cuando están en la sala de operaciones todos están hablando. Las enfermeras y el doctor hablan entre ellos y también con el paciente. Pero esta vez fue muy diferente, todos estaban en silencio.
Se inició el proceso de la cirugía y Felixalberto estaba junto a mí y yo solo cierro mis ojos. El tiempo pasaba y comencé a sentir que ya pronto sacarían al bebé. Yo seguía orando y clamando por un milagro. Por escuchar el llanto del bebé. Hasta que en un momento dado veo que comienzan las enfermeras a moverse un poco rápido y una de ellas asoma su cabeza entre las cortinas azules y me pregunta: “¿Quieres que te diga qué es?” Yo acierto con mi cabeza y me dice:
“Es una niña”
Veo que de repente la trasladan a la cuna a mi lado izquierdo y por un segundo veo cómo su cabeza cae un poco atrás.
No hubo llanto.
Pero aun así me mantuve mirando todo lo que pasaba. Felixalberto se acerca adonde está nuestra hija y veo cómo su rostro cambia y lágrimas comienzan a bajar por sus mejillas. Pero yo quedé tranquila, esperaba con ansias que la colocaran junto a mí.
Durante veinte años mi abuela fue misionera en el país de Venezuela. Y cuando yo era pequeña ella me relataba todas las experiencias y milagros que Dios había hecho. Pero una de las experiencias que marcó mi vida fue cuando una familia llevó su hija sin vida a casa de la misionera. Mi abuela, al ver que los padres colocaron a su hija en sus manos quedó impactada con la escena y comenzó a orar. De repente escucha la voz de Dios que dice: “Sopla aliento”. Entonces el aliento llegó y la niña revivió en manos de aquella humilde misionera.
Cuando las enfermeras terminaron de preparar a mi hija, la acercaron adonde yo estaba y la colocaron en mi pecho envuelta en una manta tejida de colores pasteles. Yo solo oraba y oraba. Y mientras oraba por ella, soplaba aliento. Seguía orando y orando y volvía a soplar. Pero nada ocurrió.
Continuará en nuestra próxima publicación.
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