Un Desierto En Su Presencia – Parte 4
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Updated: 3 days ago

Por Emily Colón
Perdimos nuestra hija
El día 7 de diciembre de 2023, fue entregada en nuestros brazos nuestra hija Isabella Grace, pero no se escuchó su llanto.
Ha sido duro este proceso. En mi corazón hay un sentimiento de tristeza. No sabía aun cómo procesar el momento. No sabía cómo continuar. ¿Qué sería del mañana? ¿Cuando ya tu mente se prepara para recibir algo? ¿Para tener algo? ¿Después de tantos meses de preparación mental imaginando cómo sería nuestro futuro con otro niño? En un abrir y cerrar de ojos todo cambia.

Perdimos nuestra hija.
En ese momento entendí que había hecho todo lo posible por su vida. Que puse mi cuerpo por el de ella. Que tenía la fe y esperanza de poderla tener en mis brazos. Aún sin vida creía que Dios tenía todo el poder para levantarla de la muerte. No hubo lágrimas derramadas en el momento porque yo creía en un Dios capaz de resucitarla de los muertos.
En mi cabeza estaba la historia de Lázaro. Después de cuatro días, aun con su cuerpo ya descompuesto, Jesús hizo un milagro. También mantenía la historia de la hija de Jairo. Cuando le dijeron: “No moleste más al maestro, tú hija murió”. Pero Jesús le dijo “que creyera, que no estaba muerta, sino que dormía”.
Yo miraba a mi hija en mis manos. Su piel comenzó a cambiar de color y aún en ese estado oraba por un milagro en ella. Pero pasó el tiempo y me pusieron en la sala de recuperación. En ese momento entendimos nuestra realidad. Todavía dentro de mi alma sabía que podía ocurrir un milagro, pero pasaba el tiempo y comenzaron a llegar las enfermeras para prepararnos para el siguiente paso. ¿Qué haríamos con su cuerpo?
La noticia
Después de la cirugía me pusieron en el área de recuperación y permanecimos allí por un tiempo antes de subir a la habitación.
No podíamos entender lo que estaba pasando. El corazón de Félix estaba en mil pedazos. Nunca lo había visto de esa manera. Yo tenía mi bebé en mis brazos y comencé a mirarla. No la había visto bien. Abrí su manta que cubría su cuerpo y la vi por primera vez. ¡Sus manos tan pequeñas y su cuerpo tan frágil! Y me sorprendí. Me sentí hasta culpable por no haber provisto para ella algo mejor. Un mejor cuerpo.
Pero aun así me sentía fortalecida y le dije a Félix en voz alta, aceptando más firme lo que estaba pasando: “Tu papá debe estar contento”.
Y fue en esos momentos que Félix se quebrantó por completo. Yo entendía que no la tenía en mis brazos con vida, pero sabía que moraba con Dios. Que no pasó por dolor y ahora estaba en un lugar mejor.
El papá de Félix fue un hombre de Dios que entregó su vida en su obra. Hombre de ejemplo, pero marchó a morar con el Señor en el año 2018.
Traté de consolarlo. Puse mi mano en su brazo mientras sostenía a nuestra bebé. Pasaron los minutos y entendimos que era el momento de hablar con nuestra familia. Nadie conocía mi estado o el de la bebé. Félix le informó a la iglesia por un mensaje de texto. Exactamente cuando fue recibido, la iglesia estaba por despedir el servicio y la hermana Ángela buscó su teléfono ya que ella cuidaba a su papá. Vio el mensaje y le entregó el teléfono al hermano Junny y él leyó el mensaje. Oraron por nosotros.
La primera persona que llamamos fue a Neftalí, el hermano mayor de Félix, pero él no contestó al momento. Así que Félix decidido llamar a su mamá Ana. Habló con ella y Ana mantuvo la conversación corta. Félix trató de no llorar y poder hablar claro, pero era imposible contener las lágrimas. Luego de notificarle a Ana, recibimos la llamada de Neftalí. Fue en ese momento que Félix no pudo resistir las lágrimas. Neftalí dejó su trabajo y buscó el primer vuelo para estar con nosotros. Félix luego llamó a mi mamá.
Yo decidí llamar a mi hermana, no se me olvida ese momento. Hillary lloraba como si fuera yo, Hillary lloraba sin consuelo. Yo le decía: “Enid, yo tenía fe”
Después llamé a papi, y le dije que la había tenido, pero la perdí. “!Papi perdí la nena!”
A la última persona que llamé fue a mi abuela. Ella me dijo que no sabía cuánto Dios me amaba y debía dar gloria a Dios por su perfecta voluntad.
Luego nos sacaron del lugar de recuperación y nos mandaron a nuestro cuarto. Félix y yo teníamos a la bebé con nosotros. Su cuerpo en nuestras manos. Nos las pusieron en una cuna y allí estaba ella al frente de mi cama. Su cuerpo envuelto y una gorrita en su cabeza .
A los minutos llegó mi doctor. Vino vestido elegante. Yo le dije: “¡Qué bien se ve hoy!” Y él responde: “¿Hoy nada más me veo bien?”
Nos explicó que iba de camino a un bautismo. No obstante, vio mi nombre en la lista de emergencia y pasó a verme. Preguntó cómo estábamos y se acercó a la cuna de la niña. Dijo que era hermosa. Se sentó junto a nosotros y nos dijo: “No he visto mejores personas preparadas para este momento.” Luego se dirigió a mí y dijo: “ You gave this baby more life than anyone else”. (Tú le diste más vida a esta niña que cualquier otra persona) Antes de irse me citó para estar de vuelta en su oficina en dos semanas. Y se marchó.
Luego que él se fue llamamos a la enfermera para que se llevaran a la bebé. Ellos decían que había personas que se quedaban con ellos todo el momento, pero para Félix y para mí verla al frente nuestro sin hacer algún ruido, sin moverse, era una tortura. Así que se la llevaron.
Luego de su visita, todo el día fue bien tranquilo. Nadie nos molestaba y nos trataban muy bien. Félix comenzó a llamar a lugares para trabajar en el sepelio de nuestra hija.
El silencio
Creo que una de las cosas más difíciles, eran las madrugadas. Por mi herida no me podía mover. Si me despertaba no podía hacer nada más que quedarme mirando las paredes de aquel cuarto. Es durante esos momentos cuando uno comienza a procesar todo lo pasado. Comienzan a llegar los recuerdos.
Entonces en esos momentos llamaba a mi abuela. En Puerto Rico son dos horas más adelante que en Chicago, así que sin importar cuán temprano fuera sabía que podía llamarla.
El poder tener a alguien a quien podía escuchar y no hablar, sino llorar fue de gran consuelo. Alguien que me hablara y diera consuelo a mi alma. Ella fue de bendición. Abuela ya tiene 82 años y doy gracias a Dios por su vida, porque no sé qué hubiera pasado si ella no hubiera sido un instrumento de Dios en estos momentos. Honestamente llegué a pensar que ya a mi edad no necesitaría más de ella, que ya había aprendido todo lo que tenía que aprender, pero fue todo lo contrario. Fue en ese momento que entendí cuánto la necesitaba.
Nuestra nueva realidad
Llegó el día siguiente y fue en ese momento que caí en cuenta de mi realidad. Ya Neftalí había llegado en la noche a casa, así que pronto estaría con nosotros. Antes de que él llegara pedí que me trajeran a la bebé, sentía que tenía que sacar aquello que estaba en mí. Tenía que llorar y derramar mi corazón.
La enfermera preguntó por su nombre y yo le dije que era Isabella. Varios minutos pasaron y Félix no quería verla. Para él era importante quedarse con su recuerdo cuando nació. No quería verla de esta manera. Yo insistí que para mí era importante verla. Él respetó mi anhelo y se quedó junto a mí, aunque no se acercó a ella. Cuando llegó, su cuna estaba tapada por encima con una manta y la enfermera la removió. Ella me explicó que podía quedarme con ella o llamarla en cualquier momento para buscarla.
Al ver que comencé a llorar la enfermera se marchó y me dejó sola. Y vi a mi bebé. Toqué su rostro. Estaba helado. La mantenían en una habitación a una temperatura baja para poder preservar su cuerpo. Comencé a acariciarla y a llorar.
Lágrimas bajaban por mi rostro y un llanto imposible de consolar. Esa era mi bebé. La tomé en mis brazos, la abracé y la besé. Y en mi mente solo pasaban todas las cosas que quería decirle, que quería compartir con ella. Todo lo que hubiera hecho como hace una madre en este momento y cómo hubiera sido si ella estuviera viva.
Cuando uno está en este estado, aunque no hay vida, nuestro instinto maternal permanece activo. Y yo pensaba: ¿Quién le va a decir que la amo? ¿Quién la cuidará? ¿Cómo ella sabrá que no la abandoné? Pensaba en su ropa. Si tenía frío o calor. Porque por meses mi cuerpo y mente se prepararon para recibir y cuidar a un bebé. Y de la misma forma que nos preparamos para recibir un bebé, para lactarlo, le toma tiempo a nuestro cuerpo entender y procesar que ya no es necesario. Y aún mi cuerpo y mi mente no habían entendido el dolor que estaba pasando.
Una vez que fue consolado mi llanto y sentí que todo lo que había en mi interior había salido, la coloqué en su cunita y llamé a la enfermera.
¿Traerá consuelo?
No había visto mi rostro en un espejo durante esos dos días y cuando fui a prepararme, vi que mi cara estaba hinchada. Mis ojos parecían como si alguien los hubiera golpeado. No era yo.
Neftalí llegó. Ya yo estaba caminando y me encontraba en el sillón al lado de la cama cuando él entró por la puerta. Rápido se dirigió a mí y me dio un fuerte abrazo. Fue en esos momentos que comenzaron a llegar los médicos y trabajadores sociales para trabajar la selección del lugar de sepelio. Yo tenía un sentir bien grande en mí de no sepultarla en Estados Unidos. Para mí era algo extraño dejar a mi hija en una tierra que yo no nací. Pensé en Puerto Rico, pero no dije nada a Félix. Jamás pensé que algo así ocasionaría un gran peso en mi corazón, sobre dónde llevaría el cuerpo de mi hija. Jamás uno se prepara para tomar ese tipo de decisión hasta que llega el momento.
La doctora fue ese día a vernos y pensaba que me darían de alta, pero ella prefirió dejarme un día más a causa de la herida. Ella quería saber si estábamos de acuerdo en hacer una prueba genética a la bebé. Le dijimos que no. Yo no quería que le hicieran daño a su cuerpo o la tocaran.
Le pregunté si vio alguna complicación en el proceso de la cesárea. Si el cordón estaba enrollado en su cuello, ya que varios sonogramas lo mostraban de esa forma. Nos dijo que no, todo había salido bien. Le pregunté si había forma de saber lo que ocurrió, pero ella dijo que la única forma de saber algo era por medio de los estudios. La pregunta que me hizo luego fue: ¿Esto va a cambiar algo? ¿Esta información traerá algo de paz para ti? Y dije que no. Entonces dije que mantenía mi decisión.
Esa tarde Félix comentó que su mamá tenía un lugar para sepultar a nuestra hija en Puerto Rico. Fue en ese momento que le dije a Félix mi anhelo y pensar. Y él escuchó y accedió a mi deseo y llamó a Ana. Entonces comenzamos a preparar todo para el entierro en Puerto Rico. Al siguiente día trabajamos, con ayuda de Neftalí, el proceso del lugar del sepelio.
Su amor me protegió
Llegamos a Puerto Rico y ya en el cementerio vi su caja. Vi esa pequeña caja, era hermosa. Félix decidió cerrar el ataúd, en otras palabras: no veríamos su cuerpo. Antes de llegar a Puerto Rico, él la había reconocido y la vio vestida. Así que yo nunca la vi en esa pequeña caja. Y al principio, cuestioné su decisión. Pregunté por qué no me dijo nada. Pero hoy doy gracias a Dios por esa decisión. Porque fue lo mejor para mí. Sin darme cuenta él me estaba protegiendo. Porque cuando vi esa pequeña caja y sus flores no podía ver a mi bebé. No podía imaginarme que estuviera ella en ese lugar. Para mí no era real. Lloré porque sabía que estábamos en ese lugar por su entierro, pero no pude conectar mis emociones de que ella estaba allí. Yo no la veía allí. Ella estaba en un lugar mejor.
El silencio de Dios
30 de diciembre de 2023 - Ha sido duro este proceso. En mi corazón hay un sentimiento de tristeza. No sé aún cómo procesar el momento. No sé cómo continuar. ¿Qué será del mañana? ¿Cuando ya mi mente se preparaba para recibir algo? ¿Para tener algo? ¿Después de tantos meses de preparación mental sobre cómo sería nuestro futuro con otro niño?
En un abrir y cerrar de ojos todo cambia.
¿Que hicimos mal? ¿Qué ocurrió? ¿No oré lo suficiente? ¿Tal vez mi fe no era suficiente? Esas son las preguntas que constantemente estaban en mi mente. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué haremos una vez lleguemos nuestra casa?
En ciertos momentos, durante esa semana, me sentía avergonzada porque muchas personas pensarían que esto vino por causa de alguna desobediencia. Puede ser que mi propio orgullo era el que me estaba haciendo pensar de esta manera. Porque uno nunca quiere aceptar cuando algo va mal, o cuando es derrotado. Uno quiere verse en la cima. Para que otros vean y digan que ellos estuvieron mal y no yo. Pero en este estado que me hallaba había cosas que no entendía ni aun entiendo. Que no comprendo.
Me hallaba en un silencio. Silencio de ambas partes: de Dios y mío. Es como cuando uno está molesto con un amigo. Nadie quiere hablar. Nadie quiere tomar el primer paso para disculparse o decir las primeras palabras. Porque ser el primero en hablar es como admitir la derrota. Es como decir: “Él viene adonde mí porque sabe que hizo mal”.
Y yo me sentía así con Dios. No me acercaba a Él como lo hacía antes de que nuestra hija muriera. Tampoco veía que Él se acercaba a mí. Ambos estábamos distantes. El dolor había sido tanto que ocurrió una separación.
Recordaba a los discípulos cuando iban a orar con Jesús al monte. Se quedaban dormidos por la tristeza y no podían orar. Mi tristeza había hecho eso. ¿Cómo iba a orar ahora? Porque intentaba arrodillarme, pero sólo pensaba: ¿Qué digo? ¿Qué le hablo a Dios?
Me sentía descubierta, desnuda. No había más nada que decir. Ya todo mi dolor y mis pensamientos eran públicos. Salían por mis poros. ¿A quién podía engañar? Yo estaba en dolor.
¿Qué hago ahora?
El último día que estuvimos en Puerto Rico, antes de salir, estaba sentada junto a mi abuela Violeta. Ella me hablaba de algo y yo la escuchaba, pero en ese mismo momento mi mente se había ido. Y me veía en el entierro. Veía mi hija y volvía ese dolor nuevamente. No pude disimular. Comencé a llorar y me fui. La dejé con la palabra en la boca y ella dejó que me fuera. Me encerré en su cuarto y me senté en su cama. Le decía a Dios: “¿Qué hago ahora? ¿Qué se supone que haga ahora?
Félix me encontró, pero yo no quería hablar con nadie. La tristeza y la frustración eran tantas que alejaba de mí a las personas. Entonces me dejó por unos momentos a solas.
Comencé a orar y pedir a Dios que me ayudara. Salí de la habitación y ya todos estaban esperando por mí en el carro para ir al aeropuerto. Fui entonces a despedirme de mi abuela. Ella estaba sentada, ambas nos miramos y ella pudo ver mi tristeza. Viró su rostro para no llorar, pero eso me hizo a mi llorar aún más. Comencé entonces a llorar sin consuelo. Ella se levantó de su asiento y me abrazó. Podía sentir su cuerpo delgado. Entonces comenzó a orar por mí. Me despedí de ella y me fui.
El proceso de Dios
No quedaba duda en mí de que estaba en un proceso. El difícil proceso de Dios. Pero mi constante pregunta era: ¿Es esta la voluntad de Dios? ¿Era esto un plan divino de Dios desde un principio? ¿Era su voluntad que ella no naciera? ¿Por qué permitió entonces que pasara el tiempo? ¿Por qué no fue antes? Porque mientras más pasaba el tiempo, más grande era mi esperanza de que Dios iba a hacer algo. De que Dios iba a hacer un milagro.
Hasta llegó un momento cuando ni me preocupaba que hubiera un sangrado o tuviera dolor. Porque tenía la confianza que Dios tenía el control. Que todo estaba en sus manos. Pero es bien difícil aceptar que Dios pueda permitir también la muerte de alguien. Porque siempre asociamos la muerte como con algo malo. Como una derrota. ¿Pero fue una derrota? ¿O fue una victoria para mi hija?
23 de diciembre de 2023 a 1 de enero de 2024
Ya habían pasado dos semanas desde la muerte de la bebé. Comenzamos un nuevo año. Todo fue muy diferente a lo que habíamos planeado. Era algo raro. Había una tristeza en mi interior, pero sin embargo sentía tranquilidad.
Eran muchos los sentimientos que tenía adentro de mí. Hablaba con Félix sobre cómo mi mente trabajaba de maneras distintas. Solamente veía páginas y escritos en mi mente. Versículos que venían a mi recuerdo. Era como si de momento me pusiera a analizar y a pensar y entonces me veía escribiendo. Veía escritos.
Cada persona es diferente, pero yo tenía que escribir. Tenía que plantar todos mis pensamientos en un lugar. En algo físico.
Cuestionaba a mi esposo porque lo había visto un poco callado. Le decía: “No me escondas nada, si necesitas hablar, dímelo”. Pero cada persona en momentos difíciles reacciona diferente con sus luchas y sus emociones. Hay personas que callan. Otros necesitan hablar y otros necesitan escribir. Tenemos que encontrar una forma de cómo proyectar y sacar nuestros sentimientos. Porque si nos quedamos en silencio, algún día saldrán de alguna manera.
Sentía una tristeza profunda por no haber alcanzado lo que quería ver. Sin embargo, había tranquilidad y paz en mí. No puedo negar que muchas preguntas invadían mi mente: ¿Qué pudo haber sido diferente? ¿Pude haber hecho algo? Pero a la misma vez no había un sentido de culpabilidad. No había un sentimiento de fracaso. Mis pensamientos eran: ¿Qué hago ahora? ¿Cómo camino ahora? ¿Cómo sobrepaso esto?
Recuerdo que en el proceso del embarazo de Jane tenía la esperanza de poderla tener de forma natural. Sin embargo, al momento de dar a luz la doctora hizo presión para tenerla por cesárea. Mi esposo y yo nos encontrábamos en un proceso de lucha muy largo y ya estábamos cansados. Él sólo quería que ambas estuviéramos bien. Y yo cedí a la presión, porque estaba cansada.
Jane nació y en el estado de Texas no dejan al bebé con la madre una vez que nace. Se lo llevan, y yo quedé en la sala de recuperación sola, mientras Félix se quedó con nuestra hija. La herida de mi cesárea fue de las peores. Mi recuperación fue horrible. Esto ocasionó un estado emocional fuerte en mí pues no fue la forma que yo quería que salieran las cosas. La frustración sobrevino y trajo conflicto.
No fue hasta que llegué a Chicago, ese primer año, cuando Dios comenzó a trabajar en mi vida y en nuestro matrimonio. Esa sanidad y crecimiento en mi vida espiritual se vio reflejada en este proceso. Los frutos se vieron.
En este proceso yo luché hasta el final. Yo luché por su vida. No permití que la tocaran y tuve fe hasta el final para que Dios pudiera levantarla. Creí que Dios podía hacer algo y aún tengo esa fe.
Ahora viene otra interrogante: ¿Dios, este era tu plan desde el principio? ¿Esta era tu perfecta voluntad? Porque de todos los pronósticos y diferentes resultados, el que naciera sin vida, el tener que ir a enterrarla no era parte de mi plan.
Más adelante entendí que no es como nosotros queramos. Si es necesario, Dios nos quebranta una y otra vez hasta que podamos entender que su voluntad es perfecta. Como el alfarero, Dios nos rompe en áreas que generalmente no entendemos el porqué. Pero es necesario para nuestro crecimiento espiritual. En mi caso fue en esta área de mi cuerpo, mi ilusión de un nacimiento perfecto. Y mientras más nos tardemos en entender, mientras más intentemos tomar las riendas de nuestro propio destino más dolor pasaremos.
6 de enero de 2024
…¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios? Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche, mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios? 4 Me acuerdo de estas cosas, y derramo mi alma dentro de mí. Salmos 42:2-4
Esa son las palabras: ¿Dónde está tu Dios? Me han impactado, una y otra vez. En el momento, de verla y recibirla había una fe sobrenatural en mí. Una fortaleza. Pero mientras más pasaban los días más me quebrantaba. Mientras más pasaban los días, la lucha ya no era física sino mental. La lucha es con mi mente. Y mi pregunta era la misma: ¿Qué hago ahora?
He llegado a lo más profundo, ¿cómo me levanto de esto ahora? ¿Cómo camino después de esto? En ese momento mi corazón latía rápido. Mi espíritu estaba angustiado. Quería gritar y buscaba algo. Buscaba a alguien. ¿Dónde está mi Dios? Puedo decir esas mismas palabras, como el salmista. ¿Dónde está Jehová? ¿Por qué ocultas de mí tu rostro? ¿Por qué te has apartado de mí?
Lo perdí todo. La perdí a ella y perdí el norte. Perdí el camino. Ahora solo había confusión. Estaba parada en medio del camino porque no sabía adónde ir. No veía una nube en ese desierto. No veía agua.
“Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.” Juan 6:68
7de enero de 2024
Generalmente la palabra “muerte” la asociamos con una derrota. Algo que fue vencido y no hubo victoria. Para el ser humano y para el mundo esta palabra tiene un significado de fracaso o tristeza. Nunca pensamos en la muerte como un sinónimo de felicidad o descanso. Sin embargo, Jesús vino a este mundo y venció la muerte. Entregando su vida por ti y por mí para que en la muerte nosotros podamos alcanzar una victoria. Que por medio de la fe que tenemos en Jesús nuestro salvador nosotros podamos alcanzar la vida eterna.
Pero antes de alcanzar la victoria, Jesús tuvo que primero morir. Entonces nosotros como cristianos a través de la muerte de Jesús alcanzamos la eternidad. Si explicamos esto al mundo pensarán que estamos locos. Pero la palabra de Dios dice: Conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado; antes bien con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte. 21 Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Filipenses 1:20
La palabra de Dios dice que en nada seremos avergonzados. Entonces, lo que el mundo cree que es una derrota, para nosotros es la victoria. En hebreos 11 habla de la fe y de los hombres y mujeres que vivieron por fe. Algunos alcanzaron victorias grandes, pero otros fueron apedreados. Tal fue el caso del primer mártir llamado Esteban.
Que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros.
Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección; mas otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección.
Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra.
Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros. (Hebreos 11)
Ese era mi pensamiento en aquel momento. Pensaba y preguntaba: “¿Dónde en la Biblia se encuentra la historia que la muerte de un hijo sea victoria o bendición de Dios?”. Porque muchas son las historias que encontramos donde la muerte fue consecuencia de algo. Sin embargo, no veía en el momento suceso alguno en la Biblia donde Dios hubiera permitido la muerte sin ser consecuencia del hombre. Y en ese instante vino a mi memoria la historia de Job.
Job 1: Entre tanto que éste hablaba, vino otro que dijo: Tus hijos y tus hijas estaban comiendo y bebiendo vino en casa de su hermano el primogénito;19 y un gran viento vino del lado del desierto y azotó las cuatro esquinas de la casa, la cual cayó sobre los jóvenes, y murieron; y solamente escapé yo para darte la noticia. Entonces Job se levantó, y rasgó su manto, y rasuró su cabeza, y se postró en tierra y adoró, y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito. En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno.
Este hombre no solo perdió a un hijo, los perdió a todos. En un solo día perdió todo. Y nosotros nos quejamos aun cuando Dios lleva tiempo tratando con nosotros exhortándonos en la oración y ayuno. En que mantengamos nuestra fe en el proceso a pesar de todo lo que venga.
Yo no puedo decir que Dios me tiró en medio de la tormenta. No puedo decir que no hubo palabra. Porque antes de que ella fuera formada ya Dios había hablado a mi corazón. Entendía que entraba en el proceso de Dios. Entendía que Dios caminaba al frente mío. Porque en ningún momento me sentí abandonada. Había un descanso en mi alma. Era claro que Dios estaba con nosotros, pero el resultado no era lo que yo esperaba.
Egoístamente preparaba mi fe para obtener mi propio resultado. Que ella estuviera aquí. En la sala de cirugías sólo meditaba en la historia de Lázaro y la hija de Jairo. También meditaba en testimonios de milagros de mi abuela Violeta cuando ella estaba en el campo misionero. Yo preparaba mi fe para ver un milagro.
Pero el Señor había estado preparando mi fe para no ser turbada en el proceso.
Ahora miro atrás y me sorprende la tranquilidad que inundó mi corazón. La valentía que tuve en el momento. En todo tiempo estuve clara de que en cada una de mis decisiones no hubo turbación en mí. Y si tuviera que hacerlo, volvería a tomar cada una de las mismas decisiones. Volvería a poner mi cuerpo por el de ella. Volvería a estar en una sala de operaciones por ella. No hay duda en mí de eso. Dios me dio las fuerzas. Dios me probó. La enfermera me miraba y me decía “Eres muy fuerte” y volvía y me lo decía una y otra vez.
Entonces más adelante meditaba en el proceso y me preguntaba: ¿Cómo este resultado puede ser de bendición a mi vida o a la de otros? ¿No se glorificaría más Dios y su poder si ella estuviera viva? Entonces leí la palabra en el libro de 1 Juan 5:14: Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye.
Y esa es la clave: SU VOLUNTAD.
Muchas veces oré por la voluntad de Dios, pero en mi interior mi anhelo era el verla viva. Recuerdo que la primera vez que caí en el hospital uno de los doctores nos preguntó: “¿Qué es lo que tú quieres hacer? Porque si tú anhelo es estar un tiempo con ella viva, es mejor intervenir ahora. No sabemos cuánto tiempo estará con nosotros”. Recuerdo decirle: “ Yo voy hacer cualquier cosa que sea la voluntad de Dios. Si su voluntad es que ella esté con nosotros, Amén. Pero si no lo es, Amén también, pero no intervendré”.
Fue ese el momento cuando fui quebrantada. No pude decir bien las últimas palabras porque comencé a llorar. Fue el único momento que lloré frente a ellos. No fui quebrantada cuando me la entregaron en mis manos sin vida, o cuando dijeron “No hay latido”. Fue cuando dije “Amén” a la voluntad de Dios aún si ella no estuviera con nosotros.
8 de enero
Me levanté clamando y orando por mi familia. Pidiendo la cobertura de Dios sobre la vida de mis hijos dándoles salud y reprendiendo los planes y artimañas en contra de sus vidas. Pedí por la vida de Félix, por su trabajo, por fuerza, fortaleza y cobertura. Y luego comencé a orar a Dios que me hiciera entender. Que en su misericordia Él pudiera hacerme entender el porqué de la situación. Por qué tuvo que hacerlo de esta manera.
Entonces tuve un sueño

Me encontraba recuperando en un cuarto. Y todos preguntaban qué había pasado con mi bebé. Qué
había ocurrido. Eran personas que pensaban que aún yo estaba embarazada, pero yo miraba y no veía mi embarazo. Trataba de hacerles entender que no había nada adentro de mí. Cuando llegué al cuarto vi a un bebé que no era mío. No sé cómo llegó. El bebé no estaba ubicado en un lugar seguro. Vi que el bebé tenía la cabeza abierta y en máquinas. Lo toqué sin querer porque no me había percatado de que estaba allí. De esa forma me percaté de su cabeza.
Pregunté a alguien si él se iba a quedar allí, haciéndole saber que no era mío. El bebé era de tez trigueña. Luego, veo una imagen de muchas cámaras de seguridad. Vi a muchas mamás y sus hijos al lado. Pero ellas estaban conectadas a los bebés y juntos dormían uno al lado del otro, en una misma cama. Los niños al lado izquierdo de la cama y las mamás al lado derecho, dándose la espalda. Las mamás estaban conectadas a sus hijos para que sobrevivieran. Unos con cabezas grandes, otros con diferentes defectos y otros con tubos de alimentos conectados a sus mamás. Yo estaba en esa situación, pero no tenía a mi bebé, sólo la herida.
7 de febrero
Pasa el tiempo y aún hay preguntas dentro de mí. ¿Cómo sería si ella hubiera estado? ¿Si hubiera tenido salud? No sé. Sólo me imagino cómo hubiera sido. Sólo sabía que no importando como pueda imaginarlo nunca podría ser como yo esperaba.
Nada de lo que mi mente pequeña pudiera querer imaginar, jamás podría tener una idea cercana de lo que hubiera sido. Muchos dicen que Dios me salvó del sufrimiento. Que Dios tuvo misericordia. ¿Pero acaso no es Dios todopoderoso para sanar una enfermedad tan pequeña? Y eso es lo que me impacta. ¿Por qué si Él podía hacerlo no lo hizo? ¿Pero quién soy yo para cuestionar al Todopoderoso?
Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito» Job 1:21
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